La mirilla

El mal menor

05.06.2013 | 05:30

Ha llegado la hora de los agujeros negros. También de la espesura de las cortinas, los tocados con forma de selva y las gafas de sol. Estamos en temporada alta sacramental. Conviene, ante todo, esconderse. Quizá entre todos los veraneantes que vienen ya a hacer el sueco a Torremolinos, aunque con mucho menos presupuesto y sin aquello de la rubicundez. A alguien, vaya usted a saber por qué, le puede parecer interesante e, incluso, exótico que forme parte de la lista de invitados del convite. Y eso, indefectiblemente, comporta una exposición sobrevenida a horrores de francachela y bisutería de los que difícilmente se puede escapar sin una mancha gordísima en la camisa espiritual de todos los domingos: señoras que practican la conga al ritmo del Papichulo, primos lejanos y tozudos que te revientan los hombros a manotazos, cicuta socrática con mucho hielo y para amamantar a una legión. Por no hablar de otros eventos de indudable aposento y sustancia castellana como el liguero cuarteado, las fotos de la infancia o la presentación del marisco como si fuera algo verdaderamente lujoso y delicado, puede que un sietemesino con futuro de Dalai Lama de La Zubia o una réplica diamantina de la catedral. Lo peor de una boda, de las comuniones ni hablamos, porque eso garantiza la presencia de una cantidad ingente de niños, lo cual multiplica el horror, son, sin duda, las propiedades conmutativas de la vida social. Las conexiones, mucho antes de Facebook y otras baratijas del mal, son incontrolables y salvajes, de tal manera que uno puede ir confiado al bautizo de un primo del pueblo y encontrarse de repente en la misma mesa de gente con la que jamás pensaría que compartiría ni un solo canapé. Pongamos, por ejemplo, un Butragueño o una Cospedal. O un chino, un eslavo y un americano jugando con el merengue para construir su torre de Babel. Tendremos que acostumbrarnos al casticismo cosmopolita. Especialmente ahora que nuestros gobernantes están tan empecinados en que los jóvenes vean mundo; como si la emigración fuera una fiesta de continuidad Erasmus y no una obligación multitudinaria. Gente como Báñez, como González Pons, empieza a situarse en la misma línea discursiva que convirtió a Aznar en uno de los tipos más detestados del país, con permiso, incluso, de Mourinho. Esa mezcla de soberbia y de cinismo, de escandalosa frivolidad empeñada en hacer ver que la destrucción del presente y del futuro es sólo una incomodidad menor. País de saldo. Superpotencia bananera en construcción.

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