Para cambiar

Alemania insolidaria

27.10.2013 | 02:19

No creo que alguien se atreva a cuestionar que Alemania ejerce el liderazgo en la Unión Europea y, como consecuencia, su peso en las decisiones es considerablemente mayor que el del resto de los países que la integran. Todos conocemos su determinante influencia en la imposición de normativas, condiciones y vetos a los socios en dificultades como Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia. La exigencia de medidas contundentes de ajustes y recortes en estos países periféricos y su rechazo a los eurobonos y a las medidas para favorecer el crecimiento económico han provocado la pérdida de millones de empleos. Un ejemplo reciente de su poderoso dominio ha sido la negativa a que las 426 cajas de ahorros alemanas sean supervisadas por el BCE, probablemente porque muchas de ellas no alcanzan los estándares de solvencia: esconden 250.000 millones de euros de activos tóxicos y su rescate les supondría una gran perturbación e inestabilidad.

A ese gran país, como cura de humildad, le vendría bien refrescar la memoria dando un repaso al llamado Acuerdo de Londres. En este tratado, que se firmó el 8 de Agosto de 1953, se pactó la quita y perdón del 62% de las deudas alemanas contraídas en el período anterior a la II Guerra Mundial que ascendían a 22.600 millones de marcos, así como al endeudamiento de posguerra, estimado en otros 16.200 millones. En total, 38.800 millones de deutsche mark, basados en el patrón oro. Ustedes se preguntarán: ¿quienes perdonaron a los teutones esa colosal cantidad en aquella fecha?... pues les diré que fueron 25 naciones: USA, Reino Unido, Francia, Bélgica, Dinamarca, Noruega e Irlanda, España, Italia y Grecia entre ellas, porque, aunque les cueste creerlo, estas cuatro últimas también eran acreedoras. Pero no fue únicamente esa prebenda de la condonación lo que le regalaron a una República Federal Alemana recién salida del nazismo hitleriano, sino que también le otorgaron otras sinecuras como: la graciosa concesión para que reembolsara el resto de la deuda en su propia moneda, que el servicio de la misma no fuera superior al 5% de los ingresos por exportaciones y la reducción radical de los intereses que oscilaron entre el 0% y el 5%. Asimismo USA, con su magnanimidad habitual, le donó 1.175 millones de dólares (10.000 de hoy) amparados en el plan Marshall y otros 2.000 a través de USAID. Gracias al generoso desprendimiento de estos países –España incluida a pesar de su pobreza en aquella época–, Alemania se reconstruyó, salió de la miseria y empezó a despuntar con fuerza como una nación próspera. Este Acuerdo de Londres fue determinante para la contribución al «boom» alemán de los años sesenta (ya en 1970 las exportaciones alcanzaron los 125.280 millones de marcos) y puso las bases para que hoy se haya convertido en una potencia económica mundial. El 3 de octubre de 2010, cincuenta y siete años después, la floreciente Alemania terminó de pagar el otro 40% de la deuda pendiente; así que los actuales germanos deberían ser conscientes de que están nadando en la bonanza, en parte, gracias al altruismo y la solidaridad de algunos países a los que hoy están obligando a aplicar un recetario de medidas basadas en una austeridad a ultranza que apenas los deja respirar. Es una pena que este capítulo no lo incluyan en sus clases de Historia.

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