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Tribuna

El caso Turing: Do hay reyes no mandan leyes

03.01.2014 | 05:00

En el año 2009 el científico y escritor John Graham-Cumming lanzó en Gran Bretaña una solicitud de firmas para desagraviar oficialmente la memoria del lógico y matemático Alan Turing (1912-1954) por el «martirio sufrido en vida en tanto homosexual», calvario que lo habría llevado al suicidio. La campaña consiguió en pocos meses que Gordon Brown, primer ministro, presentase excusas oficiales por «el tratamiento espantoso que el país había infligido al genio nacional que tanto había contribuido a la derrota de los nazis». David Cameron se ha referido a él como «un hombre extraordinario que jugó un papel clave para salvar a este país durante la II Guerra Mundial al romper el código Enigma alemán».

Hace unos días –el pasado día 24– la rehabilitación con carácter retroactivo fue completa al haber firmado la reina una «orden de gracia y misericordia» que le concede el perdón a título póstumo. Es sabido: «Allá van leyes do quieran reyes».

Turing jamás ocultó su homosexualidad. En 1952, en Manchester, compró los favores de un joven, Arnold Murray, que le costó días después el desvalijamiento del piso por el cómplice del susodicho. El asunto acabó en los tribunales. A Turing –miembro eminente de la Royal Society– le permitieron optar entre la prisión o un tratamiento hormonal reversible que calmara su libido circunstancialmente, nada de castración química como a veces se ha dicho. Turing prefirió el tratamiento; quince meses después de haberlo dejado falleció por ingestión de arsénico. Según los proponentes de la versión que sustenta el martirio de Turing, acabaría suicidándose al comer –cual Blancanieves– una manzana impregnada en cianuro. Su trágico destino quedaría míticamente reflejado simbólicamente en una manzana mordida que representa el logotipo de los ordenadores Apple II. 

Lo cierto es que jamás se probó que la manzana mordisqueada estuviese impregnada de veneno. Lo del suicidio, sin prueba alguna, se debe al parte del forense. Existen sospechas acalladas de que hubiese sido envenenado por los servicios secretos británicos temiendo que pasara a los soviéticos como su amigo Cairncross. No hubo suicidio en opinión de la madre de Turing ni en la de su médico y amigo ni en la de su entorno ni en opinión de Jack Copeland, director del Archivo Turing de Historia de la Computación. Tampoco la manzana mordisqueada de Apple tiene la mínima relación con el improbable suicidio. Se trata, más prosaicamente, de una jugada de marketing. Recuérdese que el primer logotipo de Apple I representaba a Newton bajo un manzano. Todo ello lo ha explicado por activa y por pasiva Rob Janoff, diseñador del logotipo de Apple II por encargo de Steve Jobs y Steve Wozniak pero hay gente que quiere imponer la tesis del suicidio con todo lo que encuentra a mano.

Por otra parte, es cierto que durante la II Guerra Mundial Alan Turing ocupó un lugar destacado en el sistema de defensa inglés en cuanto responsable en un principio del departamento de criptografía de Bletchley Park, sede del servicio de inteligencia británico secreto encargado de descifrar el cambiante código de la máquina Enigma que utilizaban para comunicarse entre sí los submarinos alemanes (U-Boote, en plural) y con el alto mando. Además los alemanes tenían las máquinas Lorenz SZ 40 y SZ 42, más perfeccionadas que Enigma, para comunicaciones ultrasensibles. Sin subestimar la contribución de Turing, es de justicia recordar el papel jugado por los criptógrafos polacos exiliados en Gran Bretaña, que habían empezado a familiarizarse con Enigma antes de La II Guerra Mundial. Los británicos rematarán la faena al conseguir dos Enigma en un U-Boot hundido pero en esta etapa los verdaderos artífices del resultado operativo fueron el matemático Gordon Welchman y el criptógrafo Hug Alexander. Los ingleses hundieron masivamente submarinos en 1943 cuando habían apartado a Turing del servicio enviándolo a EEUU. Al volver no tuvo prácticamente ninguna función técnica directa en Bletchley Park, donde también trabajaba Cairncross, condiscípulo de Cambridge, salvo con un vago cargo de consultante general exterior pues lo relegaron a Hanslope Park hasta el final de la guerra. El resto –que su contribución acortó la guerra en dos años– es otro mito bordado en torno al personaje.

Para quienes verdaderamente lo admiramos por lo que fue como científico, no por lo que representa como símbolo gay, resulta penoso que Alan Turing sea más conocido por lo anecdótico de su vida que por el legado de imperecedera impronta: la tesis de Church-Turing. Sin ser marginales sus otros logros lo verdaderamente insuperable, por así decir, fue su respuesta –negativa, después de la del lógico norteamericano Alonzo Church pero independientemente de él– al «problema de la decibilidad»: ¿Existe un método o algoritmo que permite decidir si una proposición o fórmula es verdadera o falsa? Turing realizó un doblete, en un solo artículo a los veinticuatro años, que no tiene parangón. Fue capaz de responder simultáneamente a uno de los tres problemas más profundos de lógica matemática y concebir el fundamento teórico de los ordenadores modernos. Church se percató de inmediato de que el artículo de Turing contenía, además de una demostración equivalente a la suya, un procedimiento revolucionario que bautizó «máquina de Turing», expresión hoy día usual en informática. La «máquina» es una máquina ficticia, abstracta, que describe simbólicamente las operaciones que intervienen en lógica e informática. La «máquina» es puramente conceptual, algorítmica, anclada en el mar de la lógica, sin la mínima pretensión técnica ni industrial. Esta contribución constituyó el acto fundacional de la tercera revolución industrial, la de las computadoras digitalizadas. No obstante, es inexacto afirmar que Turing ideó materialmente el primer ordenador programable, Colossus, hecho en Gran Bretaña.

Alan Turing se ha convertido con el tiempo en un icono del martirologio gay hasta el punto de que ha sido absolutamente santificado y aparece como el ejemplo arquetípico de las persecuciones e injusticias sufridas por los homosexuales por la represora sociedad heterosexual. A Turing le han inventado interesadamente una biografía romántica aureolada de martirio siguiendo una estrategia pro domo que deja en la sombra a los verdaderos culpables. Pretextando la rehabilitación que merece la memoria de toda víctima injustamente represaliada, la verdad histórica, en el caso de Turing, queda velada por una serie de cuentos y leyendas urbanas inverosímiles.

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