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Tribuna

La burbuja

19.01.2014 | 05:00

Nunca desde que vivimos en democracia ha habido tanto alejamiento entre el discurso político y la realidad cotidiana, lo que a la postre también contribuye a explicar el enorme desprestigio que sufren los políticos por parte de la ciudadanía.

Nunca desde la restauración democrática ha habido tanta falta de ilusión, tanto sufrimiento social, tanto paro, tanta desvergüenza? Mal caldo de cultivo se está fraguando.

Corrupción siempre la ha habido y siempre la habrá; pero los intolerables niveles a los que hemos llegado están provocando una más que preocupante desafección democrática. ¡Con lo que costó acabar con la dictadura y hacer una transición a la democracia bastante aceptable!

Mas con ser todo esto muy grave, más lo es, en mi opinión, la burbuja de frivolidad e insolidaridad en que se han instalado quienes ostentan el poder y medran por sus aledaños; ya sea en sus vertientes política, administrativa, financiera, de la gran empresa e incluso sindical: ese pequeño porcentaje de españoles que han mejorado notablemente su situación personal mientras la inmensa mayoría de la población se empobrece. La «tuberculosis ética» que, hace un siglo Benito Pérez Galdós denunció, se enseñoreaba de España, ha venido a infiltrarse de nuevo en el cuerpo social con el devastador efecto de la desmoralización de la ciudadanía. «No harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica y adelante con los farolitos», decía el novelista. ¿Les suena el discurso?

Cierto es que la gran mayoría de los políticos son honrados –faltaría más-; pero la frivolidad de muchas actuaciones, la imbecilidad de los argumentos que a veces se utilizan, la zafiedad de los contraargumentos, la falta de respeto a la justicia, o la ausencia de auténtica preocupación por los problemas reales de la ciudadanía, siempre supeditada a la maraña de sus cuitas internas acerca de cómo mantenerse «en el machito» ante la ventisca laboral que nos azota, hacen que muchos –yo creo que ya una mayoría de españoles- nos sintamos avergonzados, cuando no asqueados, ante tamaña estulticia. Y eso, de los honrados desde la perspectiva del código penal. Los otros, exprimiendo al máximo los vericuetos legales para escapar a la acción de la justicia; y, cuando ya no hay remedio a su condena, esperando unos indultos que –ojalá no se produzcan- los libren de la cárcel. Mientras, el imperio de la mentira y de la tergiversación interesada parece ser norma fundamental del funcionamiento democrático. ¿Acaso se creen que los ciudadanos somos tontos? Y si hay algo que me duela especialmente entre otras cosas, es el haberme hecho perder el orgullo de exhibir mi pasaporte español al viajar al extranjero. Esto, a quienes peinamos canas, nos ha retrotraído a lejanas épocas dictatoriales que creímos definitivamente superadas.

Tampoco la ciudadanía es totalmente inocente. Esos políticos corruptos han sido elegidos mediante el voto popular, entre otras razones, porque muchos ciudadanos se han beneficiado de las ilegalidades cometidas, especialmente en temas urbanísticos. E incluso, lo que es peor, se les ha vuelto a votar, una vez conocidas sus fechorías, por simple afinidad ideológica por encima de una elemental valoración ética de su gestión. Por otro lado, tampoco nos viene mal que se nos bajen los humos de «nuevos ricos» y volvamos a los valores tradicionales que han caracterizado al pueblo español.

Y decía que quienes ostentan el poder viven en una burbuja de insolidaridad que los mantiene aislados del resto de la población e inmunes ante el enorme sufrimiento de millones de españoles condenados a una pobreza creciente y galopante para muchos. Una burbuja, en modo alguno impuesta sino voluntariamente creada y mantenida, en línea con unos valores que tienden al aumento de las desigualdades sociales. Frente a ella la solidaridad familiar, vecinal, social y el sentimiento de ayuda mutua que late en lo profundo de un pueblo como el español, tradicionalmente maltratado por el poder, actúa de cortafuegos ante una situación potencialmente muy explosiva.

España en estos momentos es un país acobardado, pero –ojo- no resignado. Que no se confundan quienes gobiernan. El fútbol, las hazañas de nuestros deportistas, Gibraltar, el espionaje digital, los infanticidios, el «malvado» Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, la «pasión catalana», etc., distraen al personal de lo que realmente preocupa. Entretanto, los brotes verdes y las luces al final del túnel se agostan y desaparecen con más rapidez de lo que cuesta anunciarlos. Por eso, como salte una chispa la creciente indignación puede transformarse en rabia incontenida. Luego no nos lamentemos.

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