El ruido y la furia

La ducha

24.01.2014 | 05:00

Desde que Poncio Pilatos inició la moda de resolver los problemas con una palangana, han sido unos cuantos los gobernantes que se han puesto en remojo para convencernos de alguna cosa. Cómo no recordar las imágenes de Fraga en Palomares, con aquel castísimo meyba tamaño familiar, que forman parte del imaginario colectivo, al menos del imaginario colectivo español.

Ahora ha sido el alcalde de Málaga quien ha recurrido al viejo truco del remojón para convencernos de que el tarifazo en el recibo del agua se amortigua con ahorro, que es el equivalente a decir que la prevención del embarazo debe recaer exclusivamente en la castidad o el onanismo.

Once litros es la cantidad de agua que, según ha probado el alcalde, se precisa para una ducha. Y está dispuesto a demostrarlo ante notario. Cuando las cosas se verifican ante notario dejan de tener su gracia y adquieren el semblante sombrío de la oficialidad. Ducharse es uno de esos placeres de la vida que hasta ahora podíamos permitirnos. Dejar que el agua nos recorra, nos despabile, nos amanse. Una ducha despeja y también relaja, una ducha nos limpia por fuera y también por dentro. Es una delicia demorarse unos instantes, apenas un par de minutos, bajo la lluvia domesticada de la ducha y no pensar en nada. En el agua encontramos una amistad vieja, más antigua incluso que nosotros mismos, y seguramente por eso decía Jorge Guillén, que se vino a Málaga para vivir mirando a la mar chica del puerto, que el agua es la «sencillez última del universo». Sin embargo, nada de eso parece convencer al alcalde, que se ha metido en un berenjenal del que le costará salir impoluto, lo que son las cosas.

Pero en el trasfondo de todo esto late algo que me preocupa muchísimo. De un tiempo a esta parte se puede comprobar que existe una desagradable tendencia a arruinar cuanto nos hace felices, a convertir el mundo en un valle de lágrimas. Lo que no está prohibido se está volviendo prohibitivo, y así no hay manera de que a uno le resulte rentable la residencia en la Tierra. Los ciudadanos nos sentimos perseguidos y vigilados, cada vez con menos campo de acción, con menos huecos de intimidad, con menos placer y más penuria. Este no es el mundo que nos prometieron y tampoco el que nos prometerán en la próxima campaña electoral. El mundo se ha teñido de gris desconsuelo y ahora es un lugar con mucha pena y poca alegría en el que ni siquiera podamos permitirnos la fugitiva dicha de la ducha, la breve felicidad de quitarnos el jabón despacito, cerrando los ojos y creyendo que el tiempo se ha parado.

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