La mirilla

Revoltosos

31.01.2014 | 01:02

No sé cómo querría que acabara conmigo mi pareja si decidiera cambiarme por una actriz más joven que yo, pero desde luego, no me gustaría un pelo que anunciara que «él» ha puesto fin a nuestra vida en común. Creo que agradecería un comunicado conjunto en el que se me diera la posibilidad de salir dignamente, sobre todo si millones de personas saben que me ha puesto los cuernos y que me he quedado más colgado que un chorizo en una carnicería con ingreso en una clínica para curarme del patatús incluido. Pero no. Al presidente de Francia, François Hollande, le ha entrado el ataque de sinceridad precisamente ahora y ha dejado claro lo que era obvio: Es él el que se ha desenamorado y el que ha acabado su relación con Valérie Trierweiler intentando cerrar así el escandalazo en que ha sumergido al Elíseo en las últimas semanas después de que le pillaran con su amante Julie Gayet. También tiene narices que haya decidido ser sincero cuando debería haber sido más parco en pronombres y algo más caballeroso porque, en su trayectoria, este hombre no se ha caracterizado precisamente por su franqueza en cuestiones de faldas. Primero engañó a su pareja de siempre y madre de sus tres hijos, Ségolène Royal, con Trierweiler, a la que calificó como la mujer de su vida, para posteriormente hacerle lo propio con Gayet con la que dicen que mantiene una larga relación lo que parece indicar que, si no le llegan a pillar con la moto llegando al piso en el que se veía con la actriz, igual había mantenido su doble vida por los siglos de los siglos. A mí, en realidad, todo esto me importaría un pimiento si no fuera porque hay analistas que ven en este comportamiento zascandil un reflejo de su gestión al frente del Gobierno y creen que esa falta de sinceridad y compromiso se evidencia en su vida política. Al fin y al cabo, Hollande sustituyó a Sarkozy prometiendo que pondría freno a la política de ajustes de su antecesor y el otro día, sin embargo, anunció recortes por valor de 65.000 millones de euros. De todas formas, y que me perdonen esos analistas por discrepar, no creo que incumplir promesas electorales tenga que ver con su carácter revoltoso. Otros aparentemente más fieles y serios han hecho lo mismo y con la misma ligereza a la hora de mentir y de ignorar sus compromisos con los ciudadanos.

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