Tribuna

¿Cañones o mantequilla?

14.04.2015 | 05:00

No se suelen tener en cuenta las ventajas e inconvenientes de las decisiones que podríamos denominar domésticas o más habituales. En la mayoría de ocasiones las adoptamos de manera inconsciente, sin entrar en esas consideraciones, entre otras razones, porque intuimos cuál es más adecuada; es decir, se trata de una valoración instintiva (rápida) o de una respuesta emocional premonitoria, en la que pocas veces interviene el pensamiento y menos aún el razonamiento.

Sin embargo, en las cuestiones de mayor calado –por su importancia o proyección en el tiempo– donde además caben muchas interpretaciones, parece obligado actuar de otra manera, es decir, ponderando todas las variables que intervienen, aplicando parámetros cuantificables cuando el caso lo requiere y, a partir de ahí, tomar en cuenta el resultado neto de la elección. En la práctica, estamos transformando estos procesos en una operación aritmética, sumando lo favorable y restando lo que no es; el elemento crítico resultante suele ser la utilidad o el valor que le asignamos.

En las actividades empresariales este procedimiento es algo más complejo y no sólo por el hecho de que vivimos en un mundo (economía global) plagado de incertidumbres, sino también porque tanto los fines (que determinan la elección), como el empleo de los recursos (siempre escasos y susceptibles de usos alternativos) pueden verse alterados en cualquier momento; también lo hacen las circunstancias, los intereses de las partes involucradas y, por supuesto, el desarrollo tecnológico (incluyendo la aparición de productos alternativos). Aquí el elemento crítico suele ser la rentabilidad esperada.

Con estos antecedentes pretendo avanzar en el razonamiento que subyace tras el titular de este artículo: ¿cañones o mantequilla? Esta opción cargada de simbolismo se planteó al pueblo alemán poco antes del inicio de la II Guerra Mundial, para justificar el apoyo a la producción con fines militares, en contra de la destinada a fines civiles. Paul A. Samuelson (Premio Nobel de Economía en 1970) la popularizó años después para explicar la «frontera de posibilidades de producción» (FPP) existente en cualquier economía, introduciéndonos a partir de ahí en el concepto de «coste de oportunidad». Esta es la explicación:

En un plano teórico en el que sólo se producen dos bienes deberíamos elegir aquella combinación que nos proporcione la mejor relación coste–beneficio. La asignación de recursos respondería a esa propuesta, siendo conscientes de que cuando decidimos invertir en la producción de cañones, estamos privando a la sociedad de unos bienes que contribuyen a su bienestar y si ponderamos más la producción de mantequilla estamos debilitando nuestra capacidad (militar) disuasoria. Estos escenarios de la FPP se visualizan con claridad, como todo lo que explicaba el profesor Samuelson, en un eje de coordenadas, a través de una curva (descendente, con pendiente negativa) que une ambos extremos de producción máxima en cada producto y que vendría determinada también por el mayor nivel de eficiencia de los factores en juego o, dicho de otra manera, por el pleno empleo de todos los recursos y tecnología disponibles, de la mejor forma posible.

En definitiva, el «coste de oportunidad» está representado por aquello a lo que renunciamos cuando hacemos una elección (cuántos cañones dejamos de fabricar si producimos mantequilla o al revés). Después de todo, el que elige excluye y en este plano cabe suponer que el beneficio que obtendríamos con nuestra decisión supera el que conseguiríamos con otra alternativa.

Ciertamente, los límites de la FPP y de los «costes de oportunidad» pueden variar con el tiempo, desplazándose hacia otras combinaciones posibles, mejores que las anteriores y mayores en términos absolutos, si se generan cambios tecnológicos y/o aumenta la cantidad y/o la calidad de los factores de producción y, desde luego, con la ausencia de recursos ociosos, en cualquiera de sus manifestaciones; el paro es el exponente más elocuente y también el más perverso.

Los procesos de decisión descritos podemos complicarlos o simplificarlos cuanto deseemos, y no sólo en el ámbito estricto de la producción de bienes, puesto que son muchos otros los escenarios en los que nos enfrentamos a estas situaciones, pero siempre –en mayor o menor medida– estará presente (es lo deseable) el coste de la oportunidad perdida; sin ir más lejos, en el campo de la psicología la elección de algunas terapias responde al mismo planteamiento. Determinarlo a priori puede resultar complejo, dada la cantidad de variables y circunstancias que suelen concurrir, pero detenernos en este planteamiento no nos restará capacidad de decisión; al contrario, la reforzará contribuyendo a mejorar nuestras posibilidades de acierto. Por cierto, nuestros dirigentes deberían tenerlo en cuenta a la hora de hacer posible lo que se considera necesario.

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