Aprendiendo de nuestros errores

Más allá del euro

02.08.2015 | 05:00

Partiendo del informe Delors, en junio de 1989, el Consejo Europeo acordó establecer la UEM. Una moneda única incrementaría la actividad económica, al eliminar incertidumbres y costes de transacción. Más allá de una apuesta económica muy relevante, se trataba de profundizar en la integración europea, como el mejor remedio frente a la cruel historia de la primera mitad del XX.

Sin embargo, hoy observamos que la crisis económica, el agravamiento de la misma como consecuencia del defectuoso diseño institucional del euro, y el fracaso de las erróneas políticas aplicadas para intentar superarla, están poniendo en cuestión esa deseable integración.

En el centro de todo este problema, emerge Alemania, el país más poblado y económicamente poderoso. Me apresuro a señalar que con todo lo que sigue no pretendo, en absoluto, culpabilizar a Alemania de lo que está sucediendo, ni salvar a Grecia, como cabeza más visible de los países del sur en crisis, de la responsabilidad de sus errores. Las cosas no son blancas o negras.

Advertido lo anterior, es inevitable intentar valorar el papel que ha jugado, juega y puede jugar Alemania.

Hans Kundani nos dice que su país no ha sido, ni es, ni puede ser una potencia hegemónica, ya que sigue siendo demasiado frágil para asumir las cargas que le comportaría desempeñar ese papel. Pero también afirma que los alemanes --tanto el gobierno como el pueblo-- cada vez tienen una actitud más dura frente al resto y son más euroescépticos.

Otro destacado alemán, Joschke Fischer escribía recientemente: «En el transcurso de la larga noche del 12 al 13 de julio, algo fundamental para la UE se quebró. Aquella noche cambió la Alemania que los europeos han conocido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial». Para Fischer –como para otros muchos, entre los que me cuento– lo esencial, siendo muy importante, no es si Grecia permanece o sale del euro; lo esencial es cuál es el papel que debe jugar Alemania en el proceso de integración europea.

Alemania no estuvo sola en esa larga negociación; nos dicen que hubo países que mantuvieron posiciones más duras y se cita, entre otras a Finlandia, a Estonia o a España. Parece una broma de mal gusto explicar el acuerdo en base al predicamento de estos países en el conjunto de la UEM; por no ir muy lejos, el peso actual de España en estos asuntos se demostró después con la elección del presidente del eurogrupo.
Sin duda, Alemania ha sido determinante en el llamado acuerdo sobre Grecia; ahora, y desde 2010.

Alemania dice que las reglas están para cumplirlas. Ninguna persona sensata discutiría esa máxima, pero tampoco la elevaría a los altares. Es mejor tener reglas que actuar discrecionalmente. Pero cuando una regla no funciona, lo inteligente es cambiarla. En este caso, además, suena a excusa. Es verdad que los tratados no contemplan la posibilidad de una quita a la deuda de un país miembro de la UEM; pero también incluyen una cláusula de «no rescate2, que fue violada en 2010, a instancia de Alemania, forzando, además, al BCE a jugar un papel impropio, que le ha inhabilitado para ejercer correctamente como prestamista de última instancia. ¿Por qué se violaron entonces las reglas? Grecia no podía pagar, como sigue sin poder hacerlo, pero entonces los acreedores eran, esencialmente, los bancos alemanes, que concedieron erróneamente préstamos a un deudor insolvente. Y casi no han pagado por ello; antes al contrario, esa deuda, se ha mutualizado y ahora tiene acreedores públicos.

En la práctica, lo de «cumplir las reglas» ha sido flexible; según convenga. Barry Eichengreen ha señalado, creo que con razón, que la ruptura de la UEM sería la madre de todas las crisis financieras. Sin embargo, Schäble insiste públicamente en que lo mejor es que Grecia abandone «voluntariamente» el euro. Y lo justifica porque dentro del sistema no podría tener una quita, de lo que cabe deducir que fuera del euro sí. O sea, el problema no es si hay o no quita; parece que importa deshacerse del vecino incómodo, y dar ejemplo al resto.

El gobierno alemán, desde el inicio de la crisis, ha mantenido una pedagogía equivocada; posiblemente sin desearlo, ha estado «envenenando» a su pueblo, que ahora, mayoritariamente, abomina de los «vagos» del sur. Hoy una gran parte de Europa desconfía y teme una Alemania hegemónica, mientras los alemanes, paradójicamente, se sienten derrotados, por tener que volver a ayudar a los griegos. No perciben que la campaña de Syriza no la hizo Tsipras, sino los acreedores que les han oprimido.

Lo peor de la política de Alemania no es que sea dura, sino que está profundamente equivocada. Por supuesto que los griegos cometieron graves errores, pero desde hace cinco años están, purgando, con creces, las culpas de una élite corrupta, cumpliendo, al pié de la letra, con lo que les han dictado los acreedores. El resultado es cada día peor, porque la medicina es inapropiada. Pero ahora se les obliga a más de lo mismo. Hasta el FMI considera que el programa acordado es inútil. ¿Cómo se pretende que Grecia crezca sometiéndola a mayores dosis de austeridad y amenazándola permanentemente con salir del euro? ¿Quién va a invertir en Grecia en tales condiciones? ¿Cómo no va a haber fuga de capitales?

Alemania acumula grandes méritos y es digna de admiración; pero también ha sido la principal beneficiaria, hasta el momento, del proceso de integración europea. Alemania debe abandonar los dogmas y volver a la moderación y al pragmatismo para, compartiendo liderazgo con Francia, seguir construyendo una Europa más unida, abandonando orientaciones nacionalistas y euroescépticas.

Es impensable que pueda cambiarse ahora el paquete del tercer rescate, pero hay posibilidades de compensarlo con un mensaje inequívoco de mantener la irreversibilidad del euro y un programa ambicioso de inversiones reales.

En beneficio de Alemania y de Europa, hay que cambiar de políticas. No hablamos sólo del euro; se trata de avanzar en la integración fiscal y política.

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