Al azar

Rajoy empeora la situación catalana

09.08.2015 | 05:00

El CIS acertó, en algún caso majestuosamente, el hundimiento del PP en las municipales y autonómicas del 24M. A continuación, el Centro de Investigaciones Sociológicas cocina o manipula una notable subida de los populares en las legislativas de final de año. Sin menospreciar su éxito más reciente, el instituto demoscópico estatal también predijo la mayoría absoluta conservadora en las andaluzas de 2012, que nunca se materializó. El zigzagueo de aciertos y errores dificulta el establecimiento de un criterio sobre la fiabilidad del sondeo publicado esta semana. Irónicamente, el CIS ha dado en el clavo cuando ha prescrito una derrota del PP, y viceversa.

La situación del PP es tan acuciante que contabiliza incluso las victorias virtuales. Después de cuatro años de fracasos electorales en ámbitos diversos, Rajoy consigue al menos salir ganador de los sondeos preelectorales bajo su control. El presidente del Gobierno tiene un problema con las urnas. Se ha manifestado contra la celebración de las andaluzas y catalanas de este año, en términos sospechosos para un líder democrático. A Europa envió a Arias Cañete, no cabe mayor muestra de desprecio implícito hacia unos comicios. En noviembre no dispondrá de subterfugios, y ya nadie duda de que la recomposición de su mayoría absoluta requerirá de retales contradictorios en el mejor de los casos.
La reemergencia del problema de Cataluña ha sepultado temporalmente la emoción aneja a la proximidad de unas generales. De nuevo, Rajoy empeora la situación catalana, a falta de saber si alguien puede mejorarla. El PP no dudaría en culpar del rebrote soberanista a Zapatero, González o Witiza, pero las fechas son más tozudas que los números. La ya legendaria Diada de 2012 puede conectar con una sentencia mustia del Constitucional sobre el Estatut, pero sobre todo se produce en el apogeo de recortes y de reformas laborales que avergonzarían a la China comunista. El porcentaje de independentistas se dobla desde el 25 al 50 por ciento con el actual presidente del Gobierno. La aparición de Podemos clarifica el panorama, al disociar el descontento hacia el ejecutivo de la pasión nacional. Sin embargo, la laberíntica convocatoria del 27S vuelve a demostrar que el líder popular es la única baza a la que se encomiendan los soberanistas.

Rajoy y Artur Mas son más parecidos de lo que pretende su artificial disputa. En concreto, coinciden al dictaminar que los electores se equivocan si no apoyan a sus respectivas formaciones. Cuando el presidente catalán se estrelló en busca de la mayoría absoluta en 2013, otro error del CIS, señaló literalmente que había votado gente que no acostumbraba a frecuentar las urnas. En el fondo, intrusos que no tenían derecho a entrometerse en una cita patriótica. El escepticismo paralelo del presidente del Gobierno respecto a las urnas cuenta con una bibliografía exhaustiva. Después de dos derrotas dolorosas ante Zapatero, al primer ministro conservador le gustaría confirmar que fue elegido de una vez por todas. Para siempre.

Cataluña se ha rebelado contra Rajoy. Incluso el relajamiento del voto independentista gracias a Podemos demuestra que el combustible secesionista es una persona concreta. La sentencia presidencial de que «nadie va a convertir a los catalanes en extranjeros» empeora el clima en una burda imitación de Donald Trump, por no hablar de la insistencia en «una región más». Blair, Cameron y Brown neutralizaron el referéndum escocés autorizado por Londres. Fue un doble triunfo democrático. En cambio, el presidente del Gobierno aleja a España de la resignada «conllevancia» orteguiana con los catalanes.

Para disculpar su alergia a las urnas, Rajoy se encela en discusiones terminológicas. En la más reciente y ridícula, desde Madrid se intenta convencer a los catalanes sobre los criterios autonómicos y no plebiscitarios que han de regir su voto. En realidad, el sufragio universal se basa en el solemne capricho que guía a sus emisores. El votante movilizado por la filiación futbolística de su candidato, emite un veredicto con el mismo valor que el formulado por un catedrático de Ciencias Políticas que forzosamente tiene que votar al PP, porque devora los cuatro ABCs madrileños. El atractivo físico del postulante puede ser tan determinante como su pronunciamiento frente a los transgénicos. Roza el cinismo que nieguen esta evidencia quienes luego pierden horas eligiendo el color adecuado para la corbata del aspirante, en un debate televisado. De momento, en Andalucía, Cataluña y España se vota, pero los gurús han coronado una nueva cima en la degradación de la calidad democrática.

Nunca se había machacado con tanta insistencia a los electores sobre los partidos a quienes deben apoyar, y en especial, sobre las formaciones que han de rechazar. Por fortuna, el discurso muere en las urnas para engendrar la razón colectiva.

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