360 grados

Agua

20.08.2015 | 00:56

Se habla ya de las guerras del agua, un recurso cada vez más escaso y por tanto más codiciado también por el sector privado.
Es famosa la que estalló en Bolivia, uno de los países más pobres del planeta, en la primavera de 2000. Inspiró libros y películas como una de James Bond, A quantum of Solace.

Por presiones del Banco Mundial, el Gobierno del derechista Hugo Banzer comenzó un proceso de privatización de ese recurso. En Cochabamba, la tercera ciudad del país, se encargó de ello a una empresa participada por una filial de la poderosa compañía estadounidense Bechtel.

Casi de la noche a la mañana se dispararon las tarifas, y los ciudadanos se rebelaron entonces, quemaron las facturas y levantaron barricadas en las calles. El Gobierno de La Paz envió al Ejército a reprimir la revuelta popular, y en los disturbios murieron cinco manifestantes y hubo además cientos de heridos.

Hasta que al final el Gobierno tuvo que dar marcha atrás. Bechtel presentó entonces una demanda multimillonaria contra el Gobierno boliviano por incumplimiento de contrato, que terminó retirando en vista de las protestas.

Evo Morales, el actual presidente y primer indígena que llega a ese cargo, considera, a diferencia de Banzer, que el agua no puede ser objeto de negocio privado, sino que es un «bien público». Y desde que llegó al poder trabaja para que la mayoría de la población del país andino tenga acceso al agua potable.

Mientras tanto, numerosas ciudades, tanto del mundo desarrollado como en desarrollo, que habían privatizado totalmente o en parte ese servicio, han reconsiderado esa decisión tras comprobar que no sólo aumentaban las tarifas que pagaban los consumidores, sino que emporaba el servicio al disminuir muchas veces las inversiones en el mantenimiento de las infraestructuras.

En Europa hubo protestas multitudinarias hace tres años cuando la Comisión Europea intentó incluir el agua entre los servicios que debían abrirse a la privatización en los países miembros. Un millón y medio de personas firmaron un llamamiento a favor del libre acceso a ese recurso por parte de los ciudadanos.

El principal problema, denunciado por los críticos, es que, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con la electricidad, cuando se privatiza el agua en una determinada comunidad sólo es posible una concesión, por lo que se elimina la competencia y la empresa concesionaria puede dictar entonces los precios.

De ahí que no resulten nada convincentes las palabras del presidente de la multinacional suiza Nestlé, Peter Brabeck-Leithmathe, cuando declaró al diario The Wall Street Journal que convendría dejarle al libre mercado el 98,5 por ciento del agua en todo el mundo y regalar el 1,5 por ciento restante porque de esa forma se garantizaría una gestión más eficaz de ese recurso.

El negocio del agua es efectivamente de lo más lucrativo para el sector privado como demuestra el caso de las acciones de la compañía francesa Veolia (antes Vivendi), el mayor suministrador mundial de servicios relacionados con ese sector, que en sólo doce meses se revalorizaron en un 64 por ciento en la Bolsa parisina.

Y como ha calculado el semanario Der Spiegel la quincena de fondos de inversión en agua que operan en el mundo, con el suizo Pictet Water a la cabeza, registraron en los tres últimos años rentabilidades anuales de hasta 22,5 por ciento.

El mayor problema para la conservación de ese recurso natural es en cualquier caso el abuso que se hace de él en la agricultura y la ganadería como demuestran las estadísticas que miden la cantidad de agua necesaria para la producción de determinados alimentos. Un 70 por ciento del agua que se consume en el mundo se emplea en esos sectores.

Así, según footpring.org, para la elaboración del equivalente de una copa de vino son necesarios 109 litros de agua, para un litro de vino, 1.020 litros, para un kilo de pollo, 4.325, para un kilo de almendras, 8.047 litros y para un kilo de carne de vacuno, hasta 15.500 litros de agua.

Algunas de las regiones más expuestas a la sequía en los países ricos, como es California en Estados Unidos, o ciertas zonas de Andalucía, en España, son las que más abusan del agua disponible, lo que acelera el proceso de desertización.

En California, los agricultores se ven obligados a excavar cada vez pozos más profundos, a veces de más de 300 metros en busca del agua que queda en el subsuelo, y cada vez resulta más difícil su extracción.

En lo que se refiere a España, la prensa germana lleva años denunciando el enorme consumo de agua, muchas veces de pozos ilegales, por parte de quienes explotan los invernaderos de provincias como Huelva para producir fresas destinadas sobre todo a la exportación a la Europa del Norte.

Como critica, entre otros, Der Spiegel, precisamente España, el país europeo más directamente afectado por el cambio climático, es el que lleva a cabo la «peor gestión del agua» por culpa de su agricultura de exportación. Y Alemania es uno de los mayores importadores europeos de esa agua «virtual», es decir la utilizada en la producción de los alimentos que consume.

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