Barra Libre

Refugiados

07.09.2015 | 21:19

Cuando las tropas napoleónicas invadieron España, se produjeron grandes desplazamientos y muchos españoles se convirtieron en refugiados en su propio país. Palma, por ejemplo, cambió repentinamente. De una población de 33.000 habitantes pasó a otra de casi 75.000. Como en los veranos tan tumultuosos de ahora. Las oleadas de refugiados –catalanes y valencianos, sobre todo– arribaban en barcazas, goletas y paquebotes, y se establecieron campamentos a los pies de las murallas y comedores en distintos puntos de la ciudad. También se crearon súbitos negocios de casas de comidas y las fondas, mesones y hospederías «para forasteros» no daban a basto. Los alquileres se pusieron por las nubes. Se dio acogida en las casas a parientes lejanos y no tanto y Palma, ya de por sí muy poblada de clero, parecía una colonia del Vaticano, tantos eran los curas y las monjas que pululaban por sus calles, escapando del racionalismo impuesto a punta de bayoneta y hoja de sable. Al acabar la guerra, todo –o casi todo– volvió a su cauce y cada mochuelo a su olivo.

La otra noche, en televisión y entre imágenes de cientos de refugiados en Hungría, Austria y Alemania, apareció un hombre de mediana edad y dijo: «Escapo del gobierno sirio y del estado islámico y sólo quiero recuperar la tranquilidad perdida en mi vida». El drama de los refugiados puede entenderlo todo el mundo, porque todos somos –y esto no es frivolidad– refugiados de algo: de los fracasos de nuestra juventud o de los de nuestra vida adulta, del desamor, o de nosotros mismos, porque hay momentos en la vida en los que uno se convierte en refugiado de sí mismo. De los sentimientos personales siempre podemos extraer alguna enseñanza. Sin embargo lo que nunca somos capaces de ver es dónde se crea el clima que provocará, tiempo después, la existencia de refugiados escapando del horror. Aunque lo tengamos delante de las narices. Y por tanto no sabemos ver, ni asumir, lo que pusimos de nuestra parte para que una situación de tranquilidad –más o menos precaria, pero tranquilidad– como la invocada por aquel refugiado sirio que escapaba de uno y otro bando, se haya convertido en un drama social.

Recuerdo la alegría –y eso sí era frivolidad política– con que se acogió en Occidente la llamada primavera árabe, la misma que muy poco tiempo después se transformó en un invierno criminal y al extenderse hacia Siria e Irak se dedicó, por ejemplo, a masacrar los reductos del cristianismo oriental, origen de lo que habría de ser nuestra civilización. Cuando Occidente se dio por enterado, ya era tarde. Ahora, con los refugiados en masa llamando a la puerta del ala Este de la casa europea, todo es tentarse la ropa.

Los desplazamientos de refugiados de guerra y de refugiados del hambre serán –están siendo ya– una de las claves del siglo XXI. Sobre todo en Europa. Y su resolución retratará lo que somos. Se crean ciudades refugio y se acude a la solidaridad. Pero esto ocurre cuando el horror ya ha ganado otra batalla y se ha adueñado de una nueva parte del mundo. La cuestión es: ¿y antes? ¿Por qué no nos damos cuenta antes de que, en política, jugar con fuego sólo trae miseria y espanto? Tanta comprensión ante el dolor del refugiado y sin embargo seguimos cayendo fascinados por ideas y espejismos que en último extremo sólo conducen a miles de personas reptando bajo las alambradas y llevando en sus ojos lo que nadie debería haber visto en su vida.

Eso en último extremo. Porque hay un primer extremo y un segundo y un tercero, como los peldaños que descienden hacia el infierno. Todos ellos iluminados y decorados con sentimientos que parecen nobles, ilusiones e hipnotismos que no dejan ver las consecuencias de nuestros actos, esnobismos varios, frustraciones personales sublimadas en el ascenso de la tensión social, entusiasmos colectivos e intereses privados detrás que callan e incitan, hechiceros y cantamañanas, y otros que ya están calculando lo que podrán sacar de todo eso, cuando estalle. Y mientras tanto vamos descendiendo. Siempre ha sido así y así será cada vez que tenga que ocurrir. Los refugiados –ahora de Siria, mañana ¿de dónde?– son la prueba de que ocurre y los camiones sellados donde mueren asfixiados representan nuestra miopía. Por mal que nos suene, también la representan.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine