El ruido y la furia

Refugiados

Es inhumano negarles una mínima ayuda, tenderles una mano que quizás en algún momento nosotros mismos necesitemos

11.09.2015 | 05:00

Un refugiado no es un invasor. No es, tampoco, un enemigo. Un refugiado es un náufrago, alguien que lo ha perdido todo, incluyendo la esperanza, y es inhumano negarles una mínima ayuda, tenderles una mano.

Ahora que nos disponemos a acoger un contingente de refugiados sirios me he acordado de otra tragedia y de otros refugiados, que para el caso siempre son los mismos. Estábamos a principios de los 90 y la guerra estallaba en los Balcanes. Caían bombas sobre Europa por primera vez desde la derrota nazi, cincuenta años atrás.

Hasta Mijas llegó un grupo de refugiados. Muchos eran judíos acogidos a su origen sefardita y a una vieja ley que contribuyó a su acogimiento. Tuve la suerte de tratarlos a fondo y alguno se quedó en mi alma y en mi vida ya para siempre.

Sus historias dolían. En el grupo había abogados, periodistas, ingenieros de sonido€ Recuerdo especialmente la historia de un hombre de Mostar al que llamaban «Nini» y había sido entrenador de fútbol. Una mañana, mientras trataba de conseguir algo de comida para su familia, algo estalló en mitad de la calle. De pronto se vio recogiendo su propio paquete intestinal, sus tripas, esparcidas por el suelo, y corriendo sin saber hacia dónde. Consiguió salvarse y algún tiempo después llegó a España. Era un hombre muy taciturno, nunca le vi sonreír. Fumaba mucho y hablaba muy poco. Algún tiempo después emigró a Australia, donde vivía algún familiar, quizás una hermana. Al poco de llegar se suicidó.

Había también un profesor universitario, un sefardita cuya familia aún conservaba las llaves de la casa española que hubieron de abandonar a finales del siglo XV. Todo lo que poseía se quedó en Sarajevo. De un día para otro, me contaba, sus vecinos, de quienes no sabía qué religión profesaban porque no le importaba lo más mínimo, se habían convertido en integristas radicales y querían matarlo por ser judío. Estuvo semanas sin poder salir de su casa, amenazado por francotiradores, viviendo de lo que había en la despensa. Llegó a España con lo puesto y una inmensa tristeza. Ese hombre y yo nos hicimos hermanos. Una noche de confidencias le pregunté si algún día volvería a su casa y respondió: «Mi abuelo era médico, había conseguido que su familia viviese con una cierta comodidad, pero lo perdió todo en la Primera Guerra Mundial. Mi padre también fue médico, y cuando había logrado recomponer un poco la familia lo perdió todo en la Segunda Guerra Mundial. Ahora me ha tocado a mí. ¿Cómo volver a un lugar donde un padre no puede legar a sus hijos más que desesperanza?».

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