360 grados

Bonnard o la explosión del color

La Fundación Mapfre en Madrid le dedica hasta el 10 de enero una gran exposición que permite seguir su evolución

19.09.2015 | 05:00

El francés Pierre Bonnard (1867-1947) es un artista difícilmente clasificable, alguien que siguió su propio camino a despecho de todas las vanguardias y cuya obra hay que situar, según la crítica, en la transición entre el post-impresionismo y el simbolismo.

Miembro fundador del grupo de los nabis (profetas), del que formaban parte también entre otros sus compatriotas Paul Sérisier y Édouard Vuillard o el suizo Félix Vallotton, e influido sobre todo en sus comienzos por Gauguin, Bonnard desarrolló un estilo muy personal que plasmó no sólo en sus lienzos sino también en biombos y carteles e incluso en pinturas murales de gran tamaño que sirvieron para decorar interiores de residencias.

A Bonnard le dedica la Fundación Mapfre en Madrid hasta el 10 de enero una gran exposición que permite seguir su evolución desde su etapa nabi, de influencia claramente simbolista y caracterizada por los colores apagados y oscuros hasta la paleta incandescente, la explosión del color de su obra tardía.

Bonnard es conocido por sus interiores, sus escenas cotidianas de la vida doméstica en las que retrata a algún familiar desayunando o leyendo un periódico, pero también por la intimidad de sus escenas de tocador, que convierten al espectador en un voyeur, así como por sus paisajes, muchas veces monumentales y siempre saturados de esa luz extraordinaria del Mediterráneo.

En muchos de sus lienzos más intimistas los personajes parecen como herméticos, absortos con frecuencia en sus pensamientos, cuando no dedicados a sus diarias ocupaciones, y nos transmiten casi siempre una sensación de aislamiento o incomunicación.

En uno de los cuadros más impactantes, el titulado L´homme et la femme, Bonnard se retrata a sí mismo y a su mujer, Marthe, poco después de hacer el amor. La pareja está separada por un biombo y mientras ella aparece sentada y desnuda todavía en la cama, vemos cómo él comienza a ponerse ya la ropa.

Es un lienzo que recuerda el mundo expresionista, la inquietud existencial del dramaturgo y novelista sueco Strindberg o del pintor noruego Edvard Munch, como lo evocan también algunos de sus autorretratos tardíos, que reflejan algo muy parecido a la angustia.

También llama poderosamente la atención Le Bain, en el que vemos otra vez a su esposa, sumergida desnuda en una bañera que parece más bien un sarcófago y en el que el artista parece como si recordase de pronto a través de ella el suicidio de su amante.

Son obras que transmiten una sensación a veces de misterio; otras, de melancolía, de un erotismo apagado, muy lejos del erotismo vital de un contemporáneo como Pablo Picasso, de cuya revolución cubista, como de otras corrientes de vanguardia, Bonnard se mantuvo siempre alejado.

Lo que distingue sobre todo a Bonnard es sin duda su manejo del color, que se convierte de modo progresivo en el tema predominante de su pintura, en el principio organizador que estructura sus composiciones y que guía en todo momento nuestra mirada.

Esto es especialmente cierto de los cuadros que pintó durante sus estancias tanto en Normandía como en la Costa Azul. En esos paisajes juega muchas veces con los contrastes de luz entre los primeros planos, sombríos, y la luminosidad de los fondos.

Bonnard introduce también referencias a la antigüedad y a la mitología en sus lienzos como el titulado El rapto de Europa, tan distinto por otro lado del que su colega Vallotton dedicó a ese mismo tema, o el que lleva el nombre de Mediterráneo, que evoca en cierto modo el mundo del surrealista Giorgio de Chirico.

Como escribe el presidente de los museos de Orsay y L´ Orangerie, Guy Cogeval, «Bonnard convertía en jardín todo lo que tocaba. No abandonó jamás la Arcadia».

Si pasan por Madrid, no duden en ir a ver su obra. Vale la pena.

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