Barra Verde

Las narrativas políticas

La derecha acelera el tiempo y se pierde en la cantidad. La izquierda se pierde en la estrechez del laberinto de un
presente que olvida la cualidad. La existencia, sin embargo, sólo puede resolverse con un actuar aquí y ahora

28.10.2015 | 01:15

Decía en su último artículo Ángel Valencia que la política hoy carece de relato y al hilo de esta reflexión se preguntaba quién va a asumir esa tarea. Y para explicar esta patología pueden invocarse dos razones. La primera es que cuando la política carece de relato, no es política, es gestión. Ello quiere decir que son otros quienes hacen la política. Los políticos son entonces gestores. Esbirros que diría aquél. La segunda razón que puede invocarse es que la historia ha dejado de ser entendida como un tiempo orientado y al carecer de narrativa ha pasado a ser una sucesión de presentes puntuales, sin entretiempos, deformándose hasta convertirse en un tiempo desintegrado.

Así, en el terreno de la realidad, nos encontramos con una derecha para la cual el relato de la política es la explicación de un balance y el ajuste de una cuenta de explotación, convirtiéndose la política para ésta en una línea interrumpida. Enfrente encontramos una izquierda que sigue anclada en el relato del siglo XIX: el de la titularidad de los medios de producción, un relato que mira al pasado en vez de al futuro. En consecuencia, la política para ésta se convierte en una superficie estática donde se produce un único conflicto. Hoy en día la expresión más común es: «no tengo tiempo para nada». Quien no tiene tiempo es porque pierde el tiempo y quien pierde el tiempo es porque se pierde en el mundo. La derecha acelera el tiempo y se pierde en la cantidad. La izquierda se pierde en la estrechez del laberinto de un presente que olvida la cualidad. La existencia, sin embargo, sólo puede resolverse con un actuar aquí y ahora. Quien carece de relato difícilmente por tanto puede resolver nada.

A la pregunta que formula Valencia sobre quién va a sumir la tarea narrativa, respondo: la ecología política. Puede ésta asumir esa tarea porque está en el mundo, por eso puede ofrecer un relato: que busca la cualidad, desecha la aceleración neoliberal del tiempo. Un relato que no se desentiende de lo importante (crisis ambiental), por la urgencia social impuesta, al rechazar la trampa de la aceleración de los procesos vitales y productivos, el desarrollo lineal. En consecuencia, es capaz de conservar su capacidad de hacer una política con relato. La ecología política por tanto, como decía Valencia, es capaz «de imaginar, de dar cuerpo a cosas que no existen todavía, pero que son deseables».

¿Y cómo es el relato de la ecología?: poético. Si a algo se asemeja esta narrativa es al antiguo reloj aromático chino de incienso. El efecto que producía esta manera de medir el tiempo era que éste no transcurría, no estaba vacío, sino que el aroma del incienso llenaba el espacio y por tanto daba espacio al tiempo y le otorgaba entonces una apariencia de duración. Le daba al tiempo un aroma real, no imaginario. Expresaba la hora en un fluido aromático de tiempo, no en tiempo lineal. Calmaba y liberaba el espíritu y así permitía que el tiempo no se escapara, nos dice Byung-Chul Han. Esta concesión del tiempo, del ser y del estar, traducida a los términos políticos de la ecología, es el relato del buen vivir y de los cuidados, que expresa la conexión del hombre con la materialidad de la tierra y sus ciclos. El enmarcamiento de la narrativa de la ecología política extractado puede ser completado con un poema de Heidegger, que expresa la sencillez y la pureza del orden planetario: «Los bosques acampan./Los arroyos caen./Los canchales duran./La lluvia fluye./ Las mieses esperan./Las fuentes manan./Los vientos moran./La bendición medita.»

Para terminar esta reflexión, unas palabras de Junichiro Tanizaki: «?es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento. Nuestros antepasados, que lo poetizaban todo, consiguieron paradójicamente transmutar en un lugar del más exquisito buen gusto aquel cuyo destino en la casa era el más sórdido y, merced a una estrecha asociación con la naturaleza, consiguieron difuminarlo mediante una red de delicadas asociaciones de imágenes. Comparada con la actitud de los occidentales que, de manera deliberada, han decidido que era un lugar sucio y ni siquiera debía mencionarse en público, la nuestra es infinitamente más sabia porque hemos penetrado ahí, en verdad, hasta la médula del refinamiento». Hasta el próximo miércoles.

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