La Mirilla

Recusación de "lo antiguo"

28.10.2015 | 01:15

Apostrofar de «antiguo» tal o cual concepto, se está convirtiendo en una condena eficaz. Nadie quiere significarse en semejante parcela política, social o cultural, ni discutir siquiera lo que hay de verdad o mentira en una descalificación de esa índole. Pero en ocasiones no es un recurso dialéctico sino un criterio difícilmente cuestionable. Las etiquetas «derecha» e «izquierda» están desdibujando sus contornos y cada día que pasa resultan más ineptas en la tipificación del pluralismo. La carrera centrípeta que provoca el criterio de «centralidad» relega la tradición dicótoma a las alas extremas, minoritarias o testimoniales en el mejor de los casos. Las fuerzas con ambición –y posibilidades– de gobierno se definen de centro-esto y centro-aquello, de manera que las invocaciones a la «derechona» de toda la vida ofenden a los interpelados tanto al menos como los marxistas se amurallan en sus purezas cuando los descoloridos adyacentes usurpan «cada vez menos» sus atributos.

Está pasando en España. La difusa ficha ideológica de Podemos y los préstamos progres de Ciudadanos, ambos titulares de lo nuevo en la oferta política del país, perfilan como viejo y anticuado el juego neto entre izquierda y derecha. No es sensato pensar que la izquierda esté muerta en un mundo enfrentado por ideas políticas o religiosas; un mundo que encadena éxodos masivos para huir del hambre o de la guerra, un mundo en que la explotación humana se perpetúa en términos esclavistas. Como tampoco lo es suponer el fin de las derechas que deben reeducar en la igualdad el saqueo de unas clases por otras, antes de llegar al punto impasable en que la explotación, la rapiña extractiva o el abuso en la exclusividad de la riqueza hagan abominar del concepto mismo de la derecha y desahoguen en golpes revolucionarios.

Participo del principio cartesiano de que «es necesario dudar de todo y tanto como sea posible, al menos una vez en la vida». La refutación de lo, para algunos, antiguo, como es el sistema de estado, la democracia parlamentaria, la libertad exclusivamente limitada por el bien común, el orden constitucional, los valores de concordia de la primera transición, etc, empuja a muchos hacia esa puesta en duda que será buena en si misma si alumbra una alternativa de modernidad capaz de reconducir lo viejo y anticuado a una nueva etapa de convivencia en los valores, rescatada de la corrupción, libre, plural, y en definitiva mejor que la vivida. De lo contrario, el cambio no tendría sentido. Y si con ello se hunden los conceptos de izquierda y derecha, que descansen en paz.

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