La mirilla

Un amigo que me ama

02.11.2015 | 05:00

Decíamos ayer –parafraseando a Fray Luis de León– aunque en realidad fue el pasado lunes, que la sociedad mantiene tics laicistas que la hacen profundamente antidemocrática, cuando con determinadas propuestas se presume precisamente de lo contrario. Quién nos iba a decir hace solo una semana que íbamos a ser testigos de un esperpento aún mayor, de tal calibre, que el bueno de Valle Inclán tendría celos de no habérsele ocurrido a él, tan genial y disparatado dramaturgo. Rincón de la Victoria celebrará comuniones civiles, una ceremonia sin connotaciones religiosas (pese al nombre elegido) para conmemorar el paso de la infancia a la preadolescencia, ese período en que cambia la voz, salen pelos donde uno no podía imaginarse que podían salir, la cara se convierte poco menos que en una paellera y, como en Verano Azul, «Bea ya es mujer»... Con sus tasas correspondientes, por supuesto.

No cabe duda de que vivimos unos años de gran controversia. Una época en la que la estupidez se expande y se muestra fértil. No cabe otra explicación posible. Las corrientes laicistas son tan atrevidas que ya no solo aspiran a acabar con la religión, sino que quieren ocupar su lugar. Alguien dijo que los ateos son muy pesados porque no paraban de hablar de Dios. Ahora, sin creer, pretenden emular los sacramentos de su Iglesia. Desde hace tiempo en El Borge se celebran bautizos sin pila ni agua bendita. Ahora Rincón quiere celebrar comuniones sin eucaristía. Sin catequesis previa, por supuesto. Y la única vecina que por ahora se ha apuntado a esta iniciativa pone en evidencia el nivelito con sus justificaciones: «Mi hija también tiene derecho a vestirse de princesa». Nada dice, sin embargo, del afán recaudatorio del Consistorio. Aunque si fuera una parroquia quien cobrara ese estipendio, habría puesto, con seguridad, el grito en el cielo. Pero en la estratosfera, nada del Paraíso que aguardan los creyentes necios cuando termine su vida terrenal.

Ante esta situación me hago una pregunta: ¿cuánta culpa no tendrán la propia Iglesia y sus fieles para trasladar esta idea tan vacía, tan banal, de lo que significa hacer la primera comunión? ¿Qué imagen no se dará cuando quien no comulga, valga la redundancia, con estas creencias se queda en lo superficial, en el vestido o el traje de almirante, en la fiesta, en los regalos y en el viaje a Eurodisney? ¿Cuántos niños que hacen la primera comunión se quedan sin hacer la segunda? Podríamos meditar en este sentido. Mucho. Si la Eucaristía fuera, eficazmente, el centro de la vida de todo cristiano, puede que no pasaran estas cosas. Con la Eucaristía, Cristo se quedó con nosotros para siempre, porque de ella mana toda la riqueza del mismo Jesús, hecho Sacramento de Vida. Es cumbre y es fuente, pero es un valor oculto, un tesoro a nuestro alcance, que hay que ayudar a descubrir a través de la formación. Es tan rica para el creyente, que todo este tipo de propuestas laicistas son sumamente ofensivas. Una fantochada más. Yo tengo un amigo que me ama... ¿Qué cantarán en estas ceremonias civiles? ¿Quién será allí el amigo?

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