Tribuna

El Estado Islámico

22.11.2015 | 05:00

Francia llama a la unidad de Occidente y lanza una primera oleada de misiles sobre las bases del Estado Islámico. Se trata de una acción militar que responde al orgullo de una nación humillada, herida en su corazón, tras la brutalidad de los atentados del pasado viernes. Francia, sin embargo, sabe que los bombardeos aéreos sobre Siria no serán suficientes para destruir a ISIS. Nos hallamos ante algo muy distinto a un Estado convencional, aunque mimetice los rasgos propios de una organización estatal, con su distinción entre una rama burocrática y civil y otra propiamente militar. Al parecer, el objetivo último de ISIS radica en un pensamiento de corte milenarista que pretende acelerar una especie de gran conflicto entre el cristianismo y el islam. En un largo ensayo publicado por la revista The Atlantic en marzo de este año, Graeme Wood analiza con detenimiento las raíces apocalípticas de la ideología de ISIS. Sus líderes están convencidos de que Occidente invadirá Oriente Próximo y de que en las grandes llanuras del desierto tendrá lugar una hipotética batalla final. Nos situamos ante una lectura metafísica de la realidad, que además resulta profundamente maniquea. Sólo un ingenuo podría pensar en la posibilidad de establecer algún tipo de diálogo intercultural con los seguidores del califato.

Hollande ha declarado que Francia está en guerra y, ante la Asamblea Nacional, ha solicitado reformar la constitución a fin de dotar al ejecutivo de mayores poderes para hacer frente al terrorismo. Sin duda, el desafío de ISIS tendrá que ser combatido a diferentes niveles. Si su propósito a largo plazo es milenarista, a corto se mueve en tres direcciones: en primer lugar, establecer un amplio reino del terror en Oriente Próximo –de Siria a Iraq–; en segundo, desestabilizar al máximo los Estados débiles, muy en especial los africanos, como pueden ser Libia o Túnez; y, en tercero, proseguir su campaña de atentados contra objetivos occidentales, para incrementar la ansiedad, el miedo y el desconcierto en Europa. Y esto supone que se deben combatir los tres frentes.

La intervención militar en Siria parece irrenunciable, seguramente con el apoyo de tropas locales. La zona es un avispero de clanes, tribus y religiones enfrentadas. El fracaso de los Estados Unidos en Iraq resulta un ejemplo paradigmático de la dificultad de estabilizar la región. Se sabe cómo se entra, pero no cómo se sale. Sin embargo, derrotar al califato es algo que debemos no sólo a los muertos en París, sino a todas las víctimas inocentes –cristianos, yazidíes, musulmanes... – de Oriente Próximo y también a los millones de ciudadanos que se han visto obligados a exiliarse de sus países. La lucha se va a establecer, en gran medida, a nivel de espionaje y de servicios de inteligencia: la necesidad de romper las líneas de financiación, por ejemplo, o de infiltrarse en un mundo tan cerrado, enigmático y hostil. Deslegitimar ideológicamente a ISIS parece un factor clave, lo cual de entrada no va a ser sencillo. La historia nos demuestra que el mal extremo ejerce un fuerte poder de seducción. Y cabe pensar que esto es especialmente cierto en lugares donde se enfrentan mundos culturales tan distintos y cuyo desarrollo a lo largo de los siglos también ha sido dispar. Aunque algunos hablan de una III Guerra Mundial, quizás sería mejor referirse a una Guerra de los Treinta Años donde, según los países, se suceden los enfrentamientos de distinta intensidad. Hay que prepararse para un conflicto largo, seguramente de décadas. Y hay que hacerlo con altura de miras, con firmeza y con la mano tendida, combatiendo el horror sin renunciar a la esencia de nuestros valores.

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