Cien líneas

Siento, luego resisto

30.11.2015 | 01:18

De aquel pienso, luego existo a este siento luego resisto. Luego aquí estoy. Ninguno de los dos asertos disfruta de mucho sentido pero por lo menos el lema de Descartes tenía gracia en alguna de sus formas alotrópicas. Por ejemplo: que burrada, no pienso y existo. Fue uno de los chistes más celebrados de «La Codorniz». Y quien así se expresaba era, claro, un pollino.

Ahora que los burros son los animales emblema de catalanismo sedicente, el tarraconense Eduardo Punset se ha convertido en el paladín de las sagradas emociones contra las denostadas razones. El otro día afirmaba que «sin duda, una de las grandes incorporaciones de los últimos tiempos es la reconsideración de la intuición y de las emociones como fuente de conocimiento, junto con la razón, que ha gozado de un prestigio». Cierto, los sueños de la razón producen monstruos pero ¿qué tiene que ver el culo con las témporas?

Ya, ya se que los argumentos ad hominen nunca son pertinentes pero no sobra recordar que Punset fue comunista contra Franco; suarista ¡y ministro! en la transición y ahora da consejos en una página web titulada «Apoyo psicológico online». Un personaje francamente proteico.
La verdadera fama le vino por unos programas de divulgación científica que dirigía en televisión. Entrevistaba a sabios laureados y cuando iban a decir lo importante los cortaba. Ya entonces apuntaba maneras: no importaba la razón del discurso sino la emoción de la agilidad televisiva. Por eso nunca dejaba rematar los argumentos. El ritmo trepidante era lo único importante. Ni un segundo de aburrida reflexión.

Como enseñan los clásicos el conocimiento parte de los sentidos. Son las puertas. Sin apercepción no hay nada que hacer. Quizá por eso las piedras son escasamente permeables a cualquier saber. La razón trabaja con los datos de los sentidos. En realidad, al menos para el Materialismo Filosófico y su Escuela de Filosofía de Oviedo, el conocimiento exige la intervención de dos o más sujetos. De ahí el lenguaje. Y viceversa. En todo caso la emoción es fuente de conducta no de conocimiento. En cuanto a la intuición, responde a tantas definiciones que mejor aparcarla caritativamente.

Punset, que nadie se engañe, es uno de los más destacados pontífices del pensamiento políticamente correcto. Por eso tienen interés sus desvaríos. «Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo empiezo a encontrarme muy mal», rezaba una añeja pintada ya fuera de coordenadas. La fragmentación del discurso, propia de la posmodernidad, conduce necesariamente a la muerte de la razón. Los verdugos ríen a carcajadas.
Ello, yo y superyó que decía Freud. El ello con las pulsiones más ocultas –las emociones, en términos de Punset– el yo para la razón, el conocimiento o como se quiera decir y el superyó centrados en los valores. Al yo lo empuja el ello y lo sujeta el superyó. Pero entre sentidos y sentimientos hay un largo trecho que solo los muy ignorantes o los extremamente aviesos son capaces de superar de un salto limpio. Un salto fantasmal, claro.

La razón ha gozado de un prestigio excesivo. Un bonito epitafio. Siento luego existo y lo demás, burradas sobre burradas. Pues no.

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