Tierra de nadie

Afilantropía y tal

09.12.2015 | 05:00

Cambiar de coche está bien visto todavía. El Gobierno ayuda con unos planes que ahora no caigo cómo se llaman y los bancos financian la operación, que carece del riesgo de un préstamo hipotecario para un piso. Todo conspira para que vayas al concesionario y te subas en uno u otro automóvil para ver cuál es el que se adapta mejor a tus riñones. Hay otro asunto: la publicidad. Ningún sector invierte tanto en convencernos de sus bondades, excepto los perfumes en épocas navideñas. Lo raro es que el mismo Gobierno que te empuja a adquirir un vehículo sea el que imponga luego las restricciones al tráfico.

–Compre usted un coche, pero no lo use –esto es lo que vienen a decirnos.

En Madrid ya tenemos limitaciones, las primeras, pero no las últimas. Hay más limitaciones que ayer pero menos que mañana. Y no solo por la contaminación, sino porque tener automóvil propio sale muy caro. Colectivamente hablando, no nos lo podemos permitir, no es sostenible, necesitaríamos siete u ocho planetas Tierra y solo disponemos de uno. En cualquier caso, resulta un disparate que se ayude a una industria dedicada a la fabricación de objetos que nos prohíben utilizar. Viene a ser como si se crearan ayudas para la fabricación de un pan no comestible. El pan es para comer como las bicicletas son para el verano. No confundan ustedes al personal.

Digo todo esto mientras le doy vueltas a la idea de cambiar de coche. Mi mujer dice que no, que el que tenemos todavía funciona bien y que carece de sentido cambiar por cambiar. Lleva razón, pero cada vez que paso por delante de una tienda me quedo mirando el escaparate como un bobo. Hay coches de todos los tamaños y de todos los colores y te los dan a plazos y al comprarlos contribuimos al desarrollo de la industria automovilística, que produce innumerables puestos indirectos de trabajo, etc. Significa que busco argumentos de carácter filantrópico para hacer lo que no de debo. Pero no es por mi culpa, es por culpa de la publicidad, a la que soy muy sensible. Vivimos presos de estímulos contradictorios, como esos niños a los que sus madres les dicen que se vayan y vengan a la vez. Estamos locos.

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