El Palique

El rodaballo es el mensaje

"Rajoy se hizo una foto en una paella popular. No probó casi bocado. Tenía mesa para degustar ese exquisito pescado"

10.12.2015 | 05:00
El secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez, estuvo en La Coruña. Como en todos los lugares de occidente, y casi del mundo, en el que haya más de dos personas y uno sea conocido se impone el selfie. Sánchez se lo hizo con chicos y chicas, mayores y pequeños. Los hizo con el teléfono propio y con teléfonos ajenos. Habría que preguntarse dónde van esos centenares de retratos que se hacen los líderes con gente anónima y de la que jamás recordarán el nombre ni seguramente el lugar de procedencia. Tal vez haya un cementerio de selfies. Vaya usted a saber.

Esto es cada día una competición a ver quién es más lo que no es. Pablo Iglesias quiere aparentar que no es tan de izquierdas, Pedro Sánchez que no es tan bluf y Albert Rivera que no es tan de derechas. Mariano Rajoy les gana a todos. Lo suyo es una demostración tras otra de reafirmación propia. De que es lo que es y no engaña a nadie. «No me arrepiento de no haber ido al debate», dijo ayer. Le faltó añadir: al que no le guste que se aguante. No hay acto de contrición ninguno, ni arrepentimiento ni ganas de quedar bien. Hay un punto de soberbia venal como de fanfarroncete de provincias que amenaza con no ir al dominó. Rajoy tiene ya encandilada a la España que ríe a mandíbula batiente cuando Bertín dice «presidente las pelotas las tengo yo», que así a bote pronto son entre cinco y diez millones. De personas, no de pelotas. Los pelotas son más bien los que rodean a Pedro Sánchez y no le dicen lo que le puede pasar. En síntesis, lo que le puede pasar es Ciudadanos por encima.

Los sondeos no terminan de decidirse sobre el tamaño de la victoria del PP ni se ponen muy de acuerdo sobre quién quedará segundo. Esta vez la apetencia puede estar más en ser tercero, decía el otro día Rivera medio en broma. Claramente: el dos se queda de jefe de la oposición, pero el tres podría ser ministro o vicepresidente del Gobierno del uno. A la que apodan la Menina ha bautizado a Albert, Iglesias y Sánchez como el trío la, la, la. Un trío que renuncia a todo para decirle a la gente lo que quiere oír mientras Rajoy se come un rodaballo en Estepona. Eso sí que es maestría en comunicación política. Un rodaballo. Y su equipo lo filtra a la prensa. Primero se hace una foto en una paella popular en otra localidad. Casi ni la prueba. La paella, no la localidad. Luego se larga. A un restaurante previamente concertado. A Comerse un rodaballo, que es como de señor fino y burgués de pro que pide antes un cóctel de gambas, acaba con pastel de manzana y pide un cortadito con sacarina antes del orujito y el habano. Ignora lo que es un brownie. Después de eso ya pueden echarle mítines e invectivas o salirle al paso cualquier tiralevitas o cagatintas que él se los merienda. Rajoy hace la digestión publicitada de un rodaballo mientras sus oponentes dicen que han ido al gimnasio o han tomado sopa o sólo un bocadillo porque no tienen tiempo para comer. El rodaballo es el mensaje: la tradición, lo español, el tener tiempo para todo siendo el más ocupado.

El rodaballo, que según las españas es también llamado rombo, corujo, xuela o arrebollo, vive en pozos arenosos. Cunqueiro lo llamó faisán del mar y durante mucho tiempo fue bendecido con el título de rey de la cuaresma. Es caro. Esta es la campaña del rodaballo y la hipocresía. Rajoy exhibe su carácter pidiendo rodaballo en la tierra en la que reina el boquerón. Él a lo suyo. Los demás, a lo de él. No hemos llegado ni al ecuador y ya hemos oído varias veces el calificativo de histórico. Aplicado a los debates, por ejemplo. A los oponentes del señor del rodaballo les iría bien un cañonazo de potaje, receta antigua de las abuelas que curaba según ellas todos los males y la mayor parte de las debilidades. Hay que aspirar al rodaballo para todos. Pero de eso no hablan ni los bocarape.

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