En solo 725 palabras...

Los poderosos ledes

16.12.2015 | 01:37

En mi ultimísimo viaje compré una linterna de las modernas; de esas liliputienses cuya potente luz aspira a competir con la de las estrellas. La compré en el duty free de Zaventem. Pagué veinticinco céntimos menos que en las tiendas de internet. Todo un capital para nuestra economía patria. Las linternas modernas son la antítesis de la economía moderna: sus diodos emisores de luz iluminan los escenarios como nunca antes fue visto; la economía moderna, sin embargo, oscurece y oscurantiza los horizontes extrabancarios del terruño ibérico. Pero España va bien, Chemari, no te irrites, que España va mejor que nunca... ¡Que sí, joder, que sí...! ¿O no?

Aunque los ledes estén cambiando nuestras luces –ambas–, a un servidor la potencia del led le preocupa, por eso compré la linterna, para verificarlo. Los focos de filamento de toda la vida, para bien y para mal, nos producen efectos delirantes. A más lúmenes, mayor delirio. Basta ver cómo a los que llevan el arte en el alma, cuando se plantan en el escenario, los lúmenes de los focos los empujan al delirio, y cómo toman contacto con sus adentros profundos y hacen del canto, de la danza, de la música y del teatro, por ejemplo, arte en estado puro, y nos lo transmiten al público en forma de emociones profundas y de sentimientos vibrantes.

Por el contrario, cuando los focos delirantes se fijan en los políticos profesionalizados –ávidos siempre de lúmenes, de escenario y de multitudes escuchantes–, la luz les agiganta su sombra y su instinto de autoconservación política. Y también deliran, pero distinto. Ellos, con la sombra y los delirios crecidos, no se percatan de que están de puntillas, y catequizan y arengan al respetable, a base de salivazos multicolores contra todo prójimo que pretenda robarles un cachito del rayo de la luz perecedera que les agiganta artificiosamente sus sombras y sus instintos. Ocurre más o menos así:

–Sabed, hijos míos de mi corazón, de mis sentrañas y mis sentretelas... Yo soy él. El verdadero. El que sabe... Nosotros sois todos los que estéis conmigo. Ellos son los otros, la encarnación de Mefistófeles y de Mara y de Belcebú y de Iblis y de Lucifer y de Mandinga y de Satanás y de Belial y de Samael... ¡Lo que yo os diga!

Durante 2015, año santo de elecciones, he observado que los ledes, mucho más poderosos en lúmenes que los filamentos de antaño, magnifican los efectos de la luz escenarial en los hombres. ¡Y en los perros! El otro día hice una prueba con el pastor alemán de un vecino. Cuando volvía de su rutinario paseo, ya desfogado de energía, lo alumbre directamente con mi nueva linterna. Fue todo un espectáculo: se incorporó como un rayo ladrador y, con un gesto preciso que duró un microsegundo, se deshizo de su arnés... Fue visto y no visto. Pero, no se lo pierdan, ¡intentó ponérmelo a mí...! Si no apago la linterna a tiempo, seguro que lo consigue? Con la linterna apagada, el noble animal se comportó como siempre, amable, como los que comparten sofá y cháchara con Bertín, en su casa...

En otra ocasión hice lo mismo con Goodboy, el imponente rottweitler de una amiga, pero él se limitó a acariciarme, invitándome a que yo le correspondiera. Animalito... Parece evidente que Goodboy, más que político, es de los del arte en el alma.

El poder de los ledes y el delirio también se manifiesta en nuestra industria turística, cómo no. Cuando la cosa está chunga es como si la luz se apagara y la depresión delirante creciera. Y como en todas las industrias adoratrices de la cultura de la subvención, el lloriqueo, el sollozo, la llantera, el plañido y la barraquera se vuelven protocolos de lo cotidiano, porque zollipar, dicen, equilibra las arcas, aunque sea mediante un falso equilibrio. El que no llora no mama es un adagio recurrente, y, también, un banderín de enganche para los devotos de la subvención.
Inversamente, cuando la cosa van bien –aunque la bondad de la cosa no obedezca, en toda su dimensión, a nuestros haceres profesionales– los poderosos ledes se hacen presentes, y los egos turísticos se vuelven obesos mórbidos de ceguera. Por el efecto delirante de los focos, claro...

Lo dicho, a un servidor la potencia de los ledes le preocupa, por eso compré la linterna, para verificarlo.

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