Las siete esquinas

Estrés

09.01.2016 | 05:00

Hace pocos días, el ayuntamiento de Madrid prohibió el uso de camellos en la cabalgata de reyes, y también un desfile de ocas que solía formar parte de la comitiva, con el argumento de que los animales no debían sufrir estrés. Y ayer mismo nos enteramos de que una familia norteamericana había vivido en Girona durante más de un mes con el cadáver del hijo pequeño, muerto porque sus padres se habían empeñado en tratarle una enfermedad respiratoria con preparados homeopáticos en vez de llevarlo al médico. Y no conviene olvidar que hace medio año murió un niño de Olot a causa de una difteria contra la que no había sido vacunado, ya que sus padres eran partidarios de la medicina natural, es decir, de la homeopatía y de otros supuestos remedios alternativos que se oponen a la medicina «científica». El padre norteamericano de Girona también compartía estas creencias.

¿Hay alguna relación entre estas tres noticias? Entre las dos últimas sí, por supuesto, porque se trata del rechazo de unos padres hacia la medicina «convencional», a la que acusan de turbias connivencias con los laboratorios farmacéuticos, aparte de escasa fiabilidad curativa y de peligrosos efectos secundarios, aunque al final este rechazo haya provocado la muerte de dos niños que fueron víctimas de la estúpida superstición de sus padres. Pero si se mira bien, también hay una conexión entre estos dos casos y la prohibición de que los camellos y las ocas participasen en una cabalgata de reyes. ¿Por qué? Porque se trata de decisiones en las que la ideología –o la simple creencia– está suplantando por puro capricho el terreno de las evidencias científicas. ¿Hay alguna prueba de que un desfile de ocas les provoque estrés? Y los camellos, ¿sufren estrés por llevar a los reyes magos durante una cabalgata? De momento, como es lógico, nadie puede saberlo, ya que ocas y camellos guardan un prudente silencio sobre el asunto. Y esto es algo que debería ser evidente. Se puede verificar el dolor que sufre un animal si es víctima del maltrato, claro está, y cualquiera que haya asistido a la matanza del cerdo sabe lo mucho que sufren los pobres animales cuando se les ata al banco de madera y aparece el matarife con su cuchillo. Qué chillidos, Dios santo, qué chillidos. Pero es imposible comprobar si un camello sufre estrés por llevar una montura, cosa que los camellos han venido haciendo desde hace cinco mil años, o si lo sufre una oca por participar en un desfile (aunque yo no descarto que las pobres ocas llegaran a sufrir alguna clase de perturbación psico-física si hubieran podido ver los disfraces de los reyes magos de Madrid, dignos de un pitoniso de esos que salen de madrugada en las teles locales). Y esto es así porque el estrés es un concepto humano que sólo podemos aplicarnos los humanos, y si se lo aplicamos a las ocas y los camellos estamos llevando las cosas desde el mundo de lo real al mundo en technicolor de Walt Disney (y que conste que soy un gran admirador de las Hermanas Locuaz, aquellas ocas tan redichas de Los aristogatos).

¿No estamos llevando las cosas demasiado lejos al oponernos a todo lo que nos parezca una imposición intolerable del poder establecido? ¿Y no se está tratando a animales y a enfermos –o a posibles enfermos– como si fueran víctimas de una vasta conjura de neoliberales codiciosos y de ultraderechistas violentos? Y lo más curioso es que casi todos los que defienden esta clase de ideas son personas educadas y con grandes conocimientos técnicos. El padre del niño americano de Girona es ingeniero de profesión y había publicado un libro sobre la tecnología Bluetooth. Y Steve Jobs, el fundador de Apple, no quiso tratarse un cáncer de páncreas y prefirió usar zumos naturales, hasta que el empeoramiento le llevó a olvidar su fe en los zumos y se sometió a una operación (demasiado tarde, porque el cáncer ya era irreversible y lo mató en muy poco tiempo). ¿Cómo es posible esta convivencia de la superstición más absurda –el animalismo excesivo o la fe en la homeopatía– con los más altos conocimientos tecnológicos? Pues precisamente porque al vivir en un mundo cada vez más tecnificado echamos de menos todo lo que parezca natural y salvaje y no contaminado por el hombre, hasta el punto de creer que unos camellos y unas ocas puedan sufrir estrés por participar en una cabalgata. Estrés, insisto, y no dolor físico. Asombroso.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine