Tierra de nadie

Dos en uno

23.02.2016 | 05:00

Siempre pido la carne envasada al vacío. Me dura más o me hago esa ilusión. Por si fuera poco, tres o cuatro filetes de hígado envasados al vacío tienen algo de obra de arte posmoderna. Resulta que la sangre se separa del tejido, formándose una combinación inquietante de sólidos y líquidos. He probado a colgar alguno de estos envases en la pared de la cocina, cuando tenía invitados a comer, y me preguntaban si se trataba de una obra de Damien Hirst. Imaginemos ahora un fajo de billetes de 500 euros envasados al vacío, quizá después de haberlos manchado con un poco de sangre, no mucha, unas gotas, a modo de un perfume. He ahí otra obra de arte. La sangre es de usted y mía, puesto que ese paquete ha evitado los controles de Hacienda.

–¿Qué es esto? –pregunta el inspector.

–No lo sabemos, por aquí pasa mucha gente de Ikea.

El problema del dinero negro, y esto siempre me ha maravillado, es que sea de curso legal. Se trata de un dinero falso y verdadero a la vez, que es lo que nos ocurre a la mayoría de los seres humanos, que somos de verdad y de mentira al mismo tiempo. Somos realidades palpables y alucinaciones intocables de forma simultánea. Estás, no sé, en el entierro del jefe de recursos humanos de tu empresa, delante de su esposa y de sus hijos, y te encuentras realmente ahí, hay pruebas, cualquiera podría tocarte o fotografiarte. Pero tu presencia es a la vez falsa porque ese tío te importa un rábano, un pepino quizá, no caigo ahora en qué vale menos, si un pepino o un rábano. Tal vez lo has odiado siempre. Significa que ha acudido al entierro un tú bueno, respetuoso con las normas sociales, y un tú malo, que sonríe por dentro cuando escucha caer la primera palada de tierra sobre el ataúd.

La verdad y la mentira se confunden en los filetes de hígado que han llegado al mostrador de la carnicería adquiridos con dinero negro y que tú blanqueas en el acto de comprarlos. El beso de Judas, que ojalá se hubiera podido envasar al vacío, era el producto de acercar los labios a la mejilla del besado y producir un chasquido inaudible: un beso ortodoxo. Sin dejar de ser eso, era un beso falso, un beso negro, cabría decir. Los dos en uno. Qué raro.

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