Tribuna

La mella social

La salud dental no puede ser un bien de lujo, y es necesario alzar la voz y exigir que más servicios básicos de odontología sean competencia de la sanidad pública

25.02.2016 | 05:00

El presunto caso de corrupción en las clínicas odontológicas Vitaldent ha puesto de manifiesto un problema que –otro más– no está resuelto en España: la universalidad de la salud bucodental. Muchas son las cadenas que han proliferado en el país en los últimos años, y es rara la avenida de una ciudad en la que no coexistan dos o tres grandes grupos de odontología low cost. Pero, ¿por qué han triunfado? ¿De dónde se obtienen los pingues beneficios con los que se paga a tantos odontólogos, se da tanto crédito y se amasan fortunas como la del detenido uruguayo dueño de la citada marca Vitaldent?

La respuesta parece clara: son más baratas que las clínicas tradicionales de estomatología y odontología, regentadas por médicos especialistas u odontólogos titulados, que son dueños y titulares de sus clínicas, y donde emplean a otros profesionales como adjuntos a su trabajo. Las cadenas son más económicas y con más facilidades para el pago de los costosos tratamientos de implantología, obturación, empaste, periodoncia, etcétera.

Porque digámoslo claro, la odontología es cara, y digamos claro esto también: todos nosotros, en circunstancias adversas económicas, optaríamos por la opción más llevadera para nuestros bolsillos. Porque, total, los dentistas –pensará con razón el menos pudiente– tienen en uno y otro lado el mismo título universitario. Entonces, ¿cuál es la trampa? Lo ignoro, pero me consta que los colegios de odontólogos hacen cada vez más campaña a favor de los profesionales de siempre, alejados de lo meramente comercial y más centrados en su cometido sanitario. Uno también, dicho sea de paso, preferiría a un odontólogo con nombre y apellidos que una gran franquicia, aunque es una elección movida por la costumbre y por la cantidad de conocidos del ramo que tengo. ¿Materiales de peor calidad, entonces? ¿Peor atención? ¿Empastes y tratamientos a quien no lo necesita únicamente para engrosar la facturación? Cuesta creerlo, pero de todo ello se habla.

Pero no quiero centrarme en ello, o no sólo. Escribo estas palabras para llamar la atención sobre lo que decía unas líneas más arriba, y es lo escandaloso que me parece que en un país en el que pueden a uno operarlo de corazón varias veces en unos años, poner caderas nuevas a ancianos nonagenarios con demencias y todo aquello que se nos ocurra que sea costoso y ataña a la salud esté pagado con dinero público, pero, sin embargo, no pueda pagarse con ese dinero destinado a Sanidad un simple empaste.

Ignoro si es que antes no me fijaba tanto o si es que la falta de piezas dentales de la población va en aumento: nunca como ahora –en un país que es la cuarta economía de Europa a pesar de la crisis– he visto una pésima salud dental tan evidente, y lo que es peor, en gente muy joven. Sonrisas ennegrecidas y llenas de sarro, ausencia de molares y premolares, demanda de antibióticos sin receta para atajar lo que son horribles abscesos que acaban en extracciones, encías inflamadas que acabarán en periodontitis y éstas en bocas melladas. En definitiva, un desastre epidemiológico que conlleva la aparición de otras enfermedades orgánicas –cardiopatías, por ejemplo–, y al que las autoridades sanitarias no parecen darle importancia alguna, dejando la odontología en manos privadas únicamente, y una beneficencia más parecida a los barberos medievales en los centros de salud, donde sólo se realizan extracciones.

Así las cosas, es lógico que Vitaldent y las demás cadenas de odontología hayan ocupado un espacio tan grande en nuestros pueblos y ciudades, un espacio que, aunque más asequible a pesar de las sospechas citadas, para muchos sigue siendo un lujo que no pueden permitirse.

Como en todo lo que tiene que ver con la salud –y con la vida en general–, aquí también lo más eficaz es la educación. Educación, medicina preventiva e higiene. En ello debería incidirse desde la escuela, desde las casas y desde la administración, pero me temo que no se está en ello, o no se está lo suficiente. Hay sectores de la población que durante estos años –y quizá antes– han tenido que elegir entre pagar el alquiler o pagar el implante, y eso son cosas que no deben aceptarse en una sociedad como la nuestra. La salud dental no puede ser un bien de lujo, y es necesario alzar la voz y exigir que más servicios básicos de odontología sean competencia de la sanidad pública, y no sólo de profesionales privados y cadenas oportunistas.

He pasado mucho tiempo de mi vida en los dentistas –la genética bucal no se elige, hay quien tiene la dentadura de Vargas Llosa y quien tiene la de Onetti–, y sé de lo que hablo. Algunos de mis amigos son odontólogos, y lo hacen lo mejor que pueden dentro de una profesión noble. Pero estas letras son un llamamiento a la dignidad: se debe tener derecho a una boca sana, a que determinados tratamientos sean gratuitos y/o subvencionados. No se puede buscar trabajo ni vivir tranquilo cuando para reír –si es que ese individuo tiene algún motivo para ello– tiene uno que taparse la boca con la mano.

Miguel de Cervantes terminó de esta forma el prólogo de sus Novelas Ejemplares, refiriéndose a sí mismo: Los dientes, ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos.

Ojalá puedan cambiar las cosas en materia bucodental, aunque sea con cuatro siglos de retraso.

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