Políticas públicas

Educación digital

01.03.2016 | 05:00

Se acaba de celebrar en Barcelona una nueva edición del Mobile World Congress y ha quedado claro que vivimos ya en un mundo digital, hiperconectado, lleno de aplicaciones para todo tipo de utilidades (finanzas, deportes, viajes, etcétera) y con el móvil como dispositivo estrella de nuestra relación con el resto del mundo. Entonces, puede ser oportuno preguntarse cómo afectará esta nueva realidad a la educación y al futuro de nuestros propios hijos.

En el ámbito educativo se habla de escuela digital y también de una generación de nativos digitales, niños y niñas muy familiarizados con un móvil, una tableta o cualquier dispositivo que incorpora una cierta tecnología. El esfuerzo de las administraciones públicas debe ser ímprobo: para actualizar al profesorado en un mundo en rápido cambio perpetuo; para encontrar metodologías de trabajo efectivas y útiles para que un alumnado lleno de estímulos logre prestar atención y afrontar los desafíos futuros que tienen que ver con el trabajo y las relaciones sociales; y para evitar que padres y madres seamos convidados de piedra en un escenario que no para de moverse bajo nuestros pies. Un difícil equilibrio.

La escuela digital no se consigue sólo a través de las nuevas tecnologías: supone un cambio en la forma de pensar y de trabajar aprovechando la posibilidad de una relación más cercana y personal del profesorado con sus alumnos. Suena bien pero requiere esfuerzo, conocimiento y motivación. Hay muchos ejemplos de buenas prácticas en todo el mundo que pueden servir como modelo para implantar métodos de trabajo más eficaces en nuestras aulas, siempre con la suficiente empatía hacia el entorno económico, social y cultural de los centros escolares.

Respecto a los padres, nuestro papel ha cambiado. Cuando mi generación se abría al mundo –nací en 1968- lo hacía a través de los ojos de sus padres o hermanos mayores: a través de lo que se escuchaba en casa durante la comida o la reunión en torno a la televisión. Pero también nos relacionábamos con el mundo y lo descubríamos a través del tamiz familiar, de los periódicos que se leían en casa, de los libros a nuestro alcance, de la radio que se escuchaba en las excursiones dominicales, de la música. Hoy esa relación con nuestros hijos e hijas ha desaparecido, porque un móvil les enfrenta al mundo sin intermediarios, sin protección y sin la información adecuada. De ahí que sea más necesario que nunca ese diálogo familiar que evite en la medida de lo posible que un youtuber se convierta el prescriptor de ideas y valores de nuestros hijos conectados. No se trata de controlar, se trata de hacer el mismo papel de siempre, en un escenario distinto, más complejo y astuto.

Ver las nuevas tecnologías sólo como una amenaza es un error. La conectividad va a marcar el futuro laboral y social de nuestros hijos. Hay ya todo tipo de manuales para evitar el acoso en las redes sociales, para detectar abusos, para prevenir hechos desgraciados e intolerables. Sin duda es obligatorio. Pero también lo es formar al profesorado para la introducción en las aulas de todo el potencial de esta nueva revolución tecnológica, y sobre todo acompañar a los padres y madres en esa incómoda soledad, en ese vacío que se produce cuando el lenguaje que se habla en casa –cuando se habla– parece una jerga extraña.

Es necesario recuperar las Escuelas de Padres y Madres para proporcionar recursos con los que afrontar la brecha digital instalada dentro de los hogares. Existen decenas de aplicaciones útiles para aprender y estudiar (desde idiomas hasta música, pasando por cualquier área de conocimiento) que pueden convertir cualquier dispositivo móvil en una útil herramienta de aprendizaje o apoyo. La tecnología no es sólo entretenimiento: hay que conocerla y hay que saber usarla. Una buena estrategia de educación digital debería tener en cuenta todos estos factores e intereses cruzados. El futuro ya es presente, no debería hacer falta recordarlo.

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