El adarve

Una institución contrahegemónica

12.03.2016 | 02:28

La compleja tarea de la escuela se complica por la gran influencia sobre los individuos de otros agentes, en especial los medios de comunicación y el mundo de la publicidad. Obsérvese que es más fácil filmar (y me refiero ahora exclusivamente a los aspectos técnicos) la guerra que la paz, el tener que el ser, la mentira que la verdad, la apariencia que la esencia, el éxito que el fracaso, la traición que la lealtad€ El clima que se genera, la cultura que se alimenta a través de contenidos y estrategias de comunicación, desde mi perspectiva, es preocupantes desde la esfera de los valores.

Ya sé que los medios ofrecen a las audiencias lo que éstas quieren, esperan y desean recibir. La cultura se retroalimenta en un círculo vicioso que es difícil de romper. Los poderes políticos, económicos, publicitarios, sociales€ sirven a la cultura dominante.

Desde la cultura neoliberal en que estamos inmersos, desde la filosofía que los medios airean y propugnan, se puede elaborar una jerarquía de valores que tiene los siguientes ejes:

Filosofía del éxito: El éxito se presenta como un sinónimo de la felicidad. Sólo el que triunfa, «triunfa». El prestigio en las diversas áreas (económica, intelectual, política, social, etc.) consiste en llegar al éxito. El nivel de aspiraciones se fija, por consiguiente, en los ganadores, los premiados, «los grandes», triunfadores, los héroes, etc. En quienes acaparan la atención de los medios de comunicación. Los espacios deseables son los del podio.

Filosofía de la competitividad: «El ser más que...», «tener más que...», «ganar más que»... son claves del comportamiento humano que presentan los medios. Escalafones, concursos, oposiciones, galardones, campeonatos, competiciones... Se trata de medirse con los demás. Y de ganar. Nada se entiende sin competir y sin ganar.

Filosofía del individualismo: «Cada uno a lo suyo», «sálvese el que pueda», «al que Dios se la da, San Pedro se la bendice»€ Estos son los lemas de la cultura en la que estamos inmersos. Cada uno ha de mirar por lo suyo, por sus intereses, por sus beneficios, por su bienestar€ Cada uno tiene que hacer lo posible por su comodidad, por su enriquecimiento, por su tranquilidad€ Cada uno ha de afrontar la vida luchando contra los demás. Los héroes individuales, los francotiradores, encuentran un eco fácil en los medios de comunicación social.

Filosofía del relativismo moral: Para buscar el propio interés, para ganar a los otros, para perseguir el enriquecimiento, la fama o el poder, «vale todo»€ ¿Quiere tener más dinero que nadie? Vale todo. ¿Quiere alcanzar más poder que nadie? Vale todo. ¿Quiere tener más fama que nadie? Vale todo.

Filosofía de la cuantificación: Es insistente la referencia a los aspectos cuantitativos de la realidad: la cantidad de dinero que se gana por un trabajo, el número de muertos en el fin de semana, la cantidad de petróleo importado, el número de coches vendidos, el número de viviendas desocupadas... Todo se baraja a través de las cifras. La realidad se analiza bajo el prisma del número. La persona se valora con el patrón de de la cantidad.

Filosofía de la utilidad: Personas, actividades y cosas son interrogadas automáticamente: ¿para qué sirve? Se valoran los comportamientos, las elecciones y las propuestas desde el plano del rendimiento y la eficacia. ¿Qué ventajas tiene?, ¿cuánto produce?, ¿para qué vale?, ¿cuánto se gana?...

Filosofía del consumo: La escalada de las necesidades insatisfechas nunca llega a su techo. Alimentos, vestidos, bebidas, objetos... Se inventan necesidades que luego habrá que satisfacer para que den paso a nuevas necesidades que favorezcan el consumo. Incluso se hacen objeto de consumo las personas a través de una erotización intensa...

Filosofía de la apariencia: La apariencia es frecuentemente presentada como la realidad misma. Sin ninguna invitación a penetrar más allá de la simple fachada de las cosas, de las situaciones, de las personas. Piénsese en la «vida» que se presenta al espectador televisivo: casas perfectas, aparatos maravillosos, gentes encantadoras, bellezas sin sombras, eficacia absoluta... El diseño, las marcas, la moda, rigen muchas elecciones de las persona.

Filosofía de la prisa: Hay que hacer muchas cosas, hay que perseguir muchas metas, hay que realizar muchos encuentros, hay que hacer muchos viajes... En definitiva, hay que ir de prisa. Hay que aprovechar el tiempo: viajar, comer, leer rápidamente. Todo es urgente.

Filosofía de la provisionalidad: El presentismo es cotizado como un valor de alto grado en la jerarquía axiológica. Lo que cuenta es el momento presente. «Esto me interesa ahora», «esto va muy bien por ahora», «aquí se está muy bien en este momento»...

Filosofía del sentimiento: El comportamiento se apoya más en sensaciones que en razonamientos. La pregunta fundamental no es tanto qué debemos hacer, cuanto qué nos apetece hacer, qué nos gusta hacer. El área de la sensibilidad se desarrolla más que la de la razón. Tiene más fuerza lo que se siente que lo que se piensa.

Filosofía de la posesividad: «No renunciaré» se convierte en un lema, en un estilo de vida. Incluso aquello que los imperativos naturales nos vetan es considerado por el individuo como una «castración» de aspiraciones. No renunciar a nada es una actitud generalizada, que echa sus raíces con profundidad y esparce la fronda en extensión.

Filosofía de la violencia: Las cosas se arreglan por la fuerza, los conflictos se solucionan a través del poder. La vida de las personas se somete a la fuerza de quien no tiene escrúpulos. En la televisión se contemplan miles de golpes, de asesinatos, de extorsiones. Dostoievski empleó quinientas páginas para describir un crimen. En la televisión se pueden ver cientos en pocos minutos.

Los medios tienen una fuerte capacidad de persuasión. Proponen modelos seduciendo. La técnica se pone al servicio del convencimiento. Música, imagen, palabra y acción dramática son manejados por algunos expertos ante públicos analfabetos en el lenguaje icónico. La magia de la imagen en movimiento se utiliza sin contemplaciones para la captación de espectadores, para la promoción de intereses comerciales, para el adoctrinamiento utilitario.

La frontera entre lo real y lo ficticio genera unas complejas reacciones intelectuales y emocionales. Si alguien entra en la casa y encuentra el televisor encendido en el que se contemplan unos disparos, necesitará contextualizar el programa para saber si se trata de una película o de una filmación en directo.

Frente a este modo sutil y engañoso de influencia está la escuela argumentando y proponiendo modelos por la vía de la reflexión y del compromiso. Inmersa en esa cultura que he descrito, la escuela tiene, a mi juicio, el reto y la obligación de ir contracorriente.

Hoy nos invade la cultura neoliberal que gira sobre los ejes que he descrito. Es difícil desarrollar los procesos educativos en un clima tan adverso. Creo que la escuela debe ser hoy una institución contrahegemónica.

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