El Palique

La Diputación melancólica

Puedes no creer en Dios por no haberlo visto nunca. Pero es imposible no creer en la Diputación. Basta ir a Pacífico para verificar el cacho de existencia

16.03.2016 | 10:17

La Diputación de Málaga se puso ayer a cavilar sobre sí misma. Es el camino más corto a la melancolía. Las diputaciones han decidido incluir entre sus competencias dilucidar ellas mismas si son útiles. Puede que al igual que hay directores generales o diputados de Obras Públicas o Cultura los tenga que haber de utilidad. Tal vez se pasen el día en un despacho luminoso y desamueblado pensando quiénes somos, dónde vamos y de dónde venimos. Es posible que a la segunda pregunta alguien le conteste, al oír el desquiciamiento, que a tomar café. La introspección es sana a veces. Insistir demasiado en ella es pernicioso. Ya Bertrand Russell en su célebre ensayo La conquista de la felicidad ponía el conocido ejemplo de las dos máquinas de fabricar salchichas. Una las fabricaba sin descanso y sin pensar mucho en lo que hacía. Le salían muchas, muchas salchichas, unas salchichas primorosas, si bien el lector perdonará nuestra torpe adjetivación acerca del citado alimento, merecedor de otras palabras más atinadas pero quizás más vulgares. La otra máquina pensaba y pensaba en para qué tanta salchicha. Y para quién y por qué. Acabó paralizada. Y en el desguace. Lo malo no es pensar. Es que le restes ese tiempo a la acción obligada. Al próximo pleno quizás se lleguen los estudiantes de metafísica para aprender algo. Incluso pueden tratar de desentrañar por qué hay gente que se opone a que existan pero no votan a favor de su desaparición.

Yo no sé como hay gente que no cree en las diputaciones. Puedes no creer en Dios porque nunca lo has visto, pero te vas a Pacífico y ves el cacho de edificio que tiene la de Málaga y ya no puedes dejar de tener fe en ellas. Algo bueno tiene que salir forzosamente de algo tan grande. No es esto un elogio tampoco del tamaño, ya se sabe que hay instituciones que sin ser gordas ni largas son muy juguetonas y están siempre dispuestas. La prueba de que las diputaciones molan es el grado de excitación febril, trufada con la sensación de levitar, que alcanzan quienes llegan a gobernarla, estado homólogo en el que se adentran quienes pretenden hacerlo o están cerca de lograrlo. Russell se aburriría en los plenos.

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