Cuaderno de mano

La lengua del lenguaje

20.03.2016 | 05:00

Los detectives del lenguaje se han reunido en Puerto Rico. No es que el español haya adquirido la palidez de un cadáver. Tampoco se debió la cita a la necesidad de hacerle un boca a boca. Ni siquiera se trataba de liberarlo de los políticos que lo han confinado en un supermercado de palabras de marcas blancas con ofertas y códigos de barras. Ninguna sospecha ponía en sombras la salud de un idioma policéntrico, como definió Darío Villanueva el español con el que se escriben los poemas de amor, según se ha lanzado al aire en este VII Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en San Juan. La capital donde los muertos reposan frente al mar de su horizonte, y cuyas olas acunan el salitre de su silencio y de su memoria. La misma que, en ese cementerio, se sabe de memoria los versos con los que Pedro Salinas susurra cada noche el dolor como última forma del amor: "Aquí, en esta orilla blanca del lecho donde duermes, estoy al borde mismo de tu sueños. Veo la estofa de que está hecho tu sueño. La tienes sobre el cuerpo como coraza ingrávida. Te cerca de respeto. En la orilla se paran las ansias y los besos". El orgullo de compartir el idioma de Cervantes, del Inca Garcilaso de la Vega, de Rubén Darío y de Jiménez Juan Ramón, y que madre no hay más que una, como dijo en su día Pedro Laín Entralgo al referirse a nuestra lengua. El santo y seña de este cónclave antillano en el que por vez primera se ha celebrado la diversidad y la esencia de la lengua que hace 9 años, en el Congreso de Cartagena de Indias, los enfrentó en reproches acerca de quiénes eran la denominación de origen del español y quienes eran considerados sus deformaciones. Nunca está libre la lengua de los celos y la vanidad que conllevan vasallaje, insurrección, equidistancias y duelos. Lo sabían de sobra los detectives del lenguaje. El vigor del español y el diálogo con las artes y la ciencia. Nada mejor para hacer las paces. José Luis Vega, director de la Real Academia de la Lengua Puertorriqueña, Darío Villanueva, director de la RAE y Víctor García de la Concha, capataz del Instituto Cervantes. Todos de acuerdo en la poderosa energía creativa del español a ambos lados del Atlántico.

Que poco se estudian las palabras, sus secretos, sus ámbitos, la historia de la que proceden, los diccionarios que las definen, los campos de batalla en los que se distinguen su valor, su sigilo, su capacidad de seducción, las estéticas que las desinhiben y la ética que las engrandece. Del conocimiento de su naturaleza depende el cromatismo del lenguaje, la realidad y sus posibilidades. La perfección de la palabra es insaciable. Han de buscarse siempre las precisas, las idóneas, las que no pueden ser sustituidas, las que en su ritmo late la música y en su engarce la fuerza del concepto, la seducción de otra con la que baila la frase. La palabra es responsable de lo que dice, y de la forma en cómo lo dice. Nunca es neutra. Ni en el periodismo ni en la poesía. Tampoco en la novela, en el cuento o el ensayo. Ni siquiera en la piel desnuda del cuerpo en el que los dedos escriben lo que la voz calla. La palabra es un posicionamiento, un retrato de lo que somos. Sin palabras lo real se desarma, la memoria se silencia, la libertad no se convive.

Los detectives del lenguaje llevan tiempo buscando la manera de que no dejemos de paladearlas, como un licor del que no se puede prescindir, como escribió Azorín. Un periodista, contador de historias y cronista al que se ha recordado en este Congreso donde escritores y críticos, profesores y académicos, como Luce López Baralt, Sergio Ramírez, Darío Jaramillo o Javier Blasco han celebrado lo fantástico en Cervantes, a Rubén como libertador del lenguaje, la poesía como un instinto que uno tiene con el lenguaje, y que está perfectamente por fuera de las convenciones del mundo que vivimos. Igual que puede ser un manantial de conciencia como sucedió con Juan Ramón Jiménez. Las palabras como chicuelinas, latigazos, una verónica recortada, hilos para escapar del laberinto y entrañas de la vida y silabas en flor entre las sábanas.

He disfrutado siguiendo lo sucedido en este Congreso de la Lengua, en el que han participado más de 8.000 personas. A través de las notas de prensa acreditadas, de las crónicas de los enviados especiales de diarios nacionales, y de blogs especializados. Con su labor he saboreado lo sucedido en la capital de un país que fue Príncipe de Asturias de las Letras por su defensa del español. Y gracias también al blog en redes de mi amigo Vicente Luis Mora, he sabido que al excelente novelista Edmundo Paz Soldán, con reciente libro de cuentos en Páginas de Espuma, le traducían al español argentino y al español castellano el español boliviano de su primeros libros. Igual que he disfrutado de las magnificas intervenciones de poetas como Janette Becerra y Laura Wittner. Y de más cosas narradas por este sobrio e inteligente observador ecléctico, que tiene mucho de detective del lenguaje que va por libre. Lo mismo que debemos hacer los que pensamos que la destreza y la creatividad del contador de historias, a la hora de elaborar el discurso sobre la realidad o la inventiva de la ficción en la que reconocer su envés, requiere dominar y romper las fronteras normativas. Y las que etiquetan las permeables diferencias entre el escritor de periódicos y el de novelas o de poesía. Es la única manera, como dijo el maestro Alejo Carpentier, de reconstruir el discurso de lo real frente a la realidad. En cualquiera de los oficios escribir exige la rebeldía y la experiencia de ejercer un lenguaje diferente, personal, con magnetismo y poder de convicción. La marca de una mirada, de una actitud, de un estilo, de un nombre.

El español es el río Amazonas de la lengua. El VII Congreso de San Juan de Puerto Rico lo ha certificado, además de reivindicar la heterogeneidad del idioma que hablan 500 millones de personas, de las que solo el 10 por ciento (47 millones) son españoles, mientras que 51 lo hablan en Estados Unidos y 120 en México Hay que celebrar también que se haya puesto en valor la importancia de la creatividad y los necesarios vasos comunicantes entre lo literario y las ciencias. Una asignatura pendiente. Igual que sigue siéndolo la profundidad de la palabra en este tiempo donde la imagen instantánea, en serie o maquillada, imponen su artificio y su banalidad. Es necesario recuperar la importancia de hablar, escribir, crear, dialogar. Su lugar en la educación y en el hábito diario. Esa podría ser la nueva misión de nuestros detectives. Defender y extender que la lectura es el sastre del lenguaje. Y su oxígeno, la calle. Nos hace mucha falta tomarle a las palabras la vida y la palabra.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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