Tribuna

"No soy dictador, pero exijo el cien por cien"

29.03.2016 | 05:00

Johan Cruyff es la persona más dura que he entrevistado, Margaret Thatcher peca de angelical por comparación. Antes de la conversación, tenía que acabar su recorrido en solitario del campo de golf. Estaba claro que ese pretendido y pretencioso deporte no le apetecía lo más mínimo. Pese a su desidia, logró aterrizar en el green del último hoyo. Culminada la proeza, miró a su alrededor para comprobar que nadie le espiaba. Una vez tranquilizado, agarró la bola, caminó los tres metros que le separaban de la meta, la introdujo en el agujero con la mano y fingió sacarla inmediatamente después. Solo competía consigo mismo, pero no podía perder. Haciéndose trampas, sin el consuelo de que alguien aplaudiera su artimaña porque el entonces entrenador del Barça ignoraba que le estaba mirando desde la terraza del club.

La mano de Cruyff, que le permitía concluir un hoyo sin avergonzarse, ha sido más importante para el fútbol que la mano de Maradona. Sin preámbulos, me recordó que «la palabra miedo no existe en mi vocabulario». Le faltó aclarar que se liberaba de esta pesada capa descargándola sobre el entorno, porque le entrevisté asustado. Pronto comprobé que nadie razona como el holandés, al plantearle:

– Le advierto que soy del Real Madrid.

– Eso está bien, porque sin el Madrid no hay aliciente y la Liga, el torneo más importante, no tiene trascendencia.

Cruyff revolucionó el fútbol por triplicado, como jugador del Ajax, como entrenador del Barça y como analista global. En un mismo día entrevisté al holandés fallecido la semana pasada y a Stoichkov, que aspiraba a cobrar mil millones de pesetas anuales. El entrenador no iba a regalarle el dinero ni los oídos. «Ha logrado tres Ligas y una Copa de Europa, pero no puede vivir del pasado. En fútbol no vale lo que has hecho». Y le asestó un mazazo que sintetiza la doctrina del mayor filósofo de la historia del balompié. «Si uno quiere vivir de su historial, que haga como yo, que se retire».

Intenté arrebatarle el timón de la entrevista, ensayando una llave de judo con su última adquisición:

– Romario es un gran fichaje para los locales nocturnos.

– Sí, y Laudrup no servía porque había fracasado en Italia, y Stoichkov era un follonero. Si Romario no cumple, pues no jugará.

Y viéndome flojo en el apartado disciplinario, me resumió su código de conducta. «He quedado contigo a las doce. Si estás a esa hora, hay entrevista. Si llegas a las doce y diez, no hay entrevista. A partir de ahí, cada uno puede hacer lo que quiera». El control de la conversación ya era unilateral, por lo que forcé una maniobra desesperada:

– ¿Es usted un dictador?

– No, solo exijo el cien por cien de cada persona.

Asumía que su etapa de jugador barcelonista fue insatisfactoria. «Aquel equipo era demasiado bueno para los títulos que ganó pero la experiencia sirve para algo, y esta vez he venido con la lección bien aprendida». A mí también me impartió una lección que me dejó sudoroso, en tensión, convencido de que no podría trabajar a las órdenes de alguien así.

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