Pasando la cadena

De Casemiro y de penalti

04.06.2016 | 05:00

Antiguamente se moría en el campo de cinco causas diferentes: de repente, de trastorno, de dolor miserere o de paparajote, cuando no te apagabas como una vela; ahora, ventajas de la globalidad, solo de dos: de que fumaba o de ¡qué raro! Y al Atlético de Madrid se le juntaron dos plagas para morir con crueldad en Milán: Casemiro, y dos penaltis, al margen de su mala suerte habitual. Y lo más preocupante es que sus sufridos aficionados piensan que son portadores de la enfermedad del pupas: mala suerte congénita.

Lo de padecer a Casemiro es algo que engrandece a Zidane. Desde hace dos años venimos reiterando que el Madrid jugaba sin mediocentro porque Kroos, buen jugador, no ejerce de tal. Y por fin, tras el amago infructuoso de Benítez de apostar por el brasileño, don Zinedine ha impuesto su prestigio para hacerle titular indiscutible. ¿Dónde se meterán ahora quienes lo ninguneaban con descaro: Maldini, Robinson y su monaguillo narrador del Plus, entre otros? El resultado ha sido la undécima Copa de Europa y el nacimiento de una estrella. Si sigue apostando por él y sin ser un dechado de virtudes, que adquirirá con continuidad, Casemiro será el mediocentro del Madrid y de la selección brasileña, ¡ahí es nada!, por muchos fichajes que hagan los blancos para reforzar esa estratégica posición. El cuasi canterano merengue –vino jovencísimo para el Castilla desde el Santos, donde había sido ya internacional– dio un recital en la ajustadísima final: anticipación, visión de juego, pierna fuerte, cabeza, colocación y hasta llegada; suyo fue el primer casi gol madridista a los pocos minutos de juego y se atrevió a tirar a puerta desde lejos, amén de llevar siempre peligro en las jugadas a balón parado.

El joven brasileño se ha convertido en el seguro del Real Madrid. Y enfrente tuvo en Gabi otro jugadorazo, que llevó en volandas el juego rojiblanco, por el que no parecen pasar los años. Lleva cuatro años siendo el referente del fenómeno atlético con Simeone. El penalti fallado por Griezmann, así como el malogrado por Juanfran, se sumarán a los recuerdos luctuosos de los atléticos, junto al gol que se tragó desde lejísimos Reina en la final del 74 frente al Bayern y el que le marcó Ramos en Lisboa a pocos segundos de poder levantar su primera Copa de Europa. El central madridista, por cierto, protagonizó también la tercera pata de la mala suerte congénita del Atlético el sábado pasado. Su gol fue un fuera de juego que se tragaron los excelentes árbitros ingleses, pero el sevillano hizo otro extraordinario partido en Milán. Junto al nobel Casemiro, se echó en su veterana espalda al equipo cuando peor lo pasó, en un verdadero ejercicio de líder sobre el terreno de juego. Destacar también la sorprendente facilidad de los jugadores de ambos equipos para marcar sus penaltis en la fatídica tanda decisiva tras la prórroga, y la curiosa intranscendencia de los excelentes porteros, Navas y Oblak, que no vieron ni uno; solo el costarricense adivinó por dónde iba el que estrelló en el palo Juanfran, antiguo extremo que el eficientísimo Simeone ha reconvertido en lateral internacional, igual que ha recuperado dos veces a Filipe Luis y ha hecho figura a Saúl; los tres, por cierto, canteranos madridistas.

Los llamados a ser estrellas del partido, Ronaldo, Bale, Griezmann y Torres, pasaron también con poca gloria. Si acaso los primeros veinte minutos del galés y los ratos en que el francés bajaba al medio campo para poder tocar algún balón. A Cristiano, sin embargo, le cupo la gloria de marcar el penalti decisivo y poner rúbrica a una extraordinaria temporada que le llevará, salvo sorpresas en la Eurocopa, a ganar el inminente balón de oro 2016.

Zidane se ha ganado a pulso su continuidad, afortunadamente para el Madrid, y disipa de momento las maniobras presidenciales que ya tejían la trama de un posible sustituto. Y Simeone, triste y sincero, deshoja una inesperada margarita para seguir o marcharse. Una lástima porque, junto al justo campeón, en la intensa noche lombarda brilló un injusto perdedor.

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