Las siete esquinas

Derrota del pensamiento mágico

04.07.2016 | 05:00

Vivimos sin sentir el suelo bajo nuestros pies», decía el primer verso del epigrama contra Stalin de Osip Mandelstam. Y está claro que volvemos a vivir en unos tiempos en los que nadie puede estar seguro de nada: todo es volátil, todo es incierto, todo es engañoso. Lo pensaba mientras veía en la televisión los resultados de las elecciones del domingo. Todos nos habíamos equivocado en nuestros pronósticos: los analistas, los líderes de opinión, los sondeos, las redes sociales, los tuits, las encuestas, los memes, incluso las encuestas a pie de urna. Nadie acertó y nadie supo ver lo que se venía encima. Y ocurrió lo que casi nadie „o muy poca gente„ había pronosticado.

Yo el primero, que conste, porque imaginaba que íbamos de cabeza a unas terceras elecciones o bien a un gobierno presidido por Pablo Iglesias, tras una subida importantísima de votos de Unidos-Podemos, el hundimiento del PSOE y el estancamiento del PP en torno a los 115-120 diputados. Me convencí de que esto iba a ser así al oír a unos alumnos míos que hablaban de Podemos como si fuera un partido con poderes taumatúrgicos, cosa que me repetían una y otra vez como hacen los fieles que agitan los brazos en las iglesias pentecostales mientras el reverendo ruge desde el púlpito: Podemos arreglaría la economía, crearía empleo, daría una paga a los que no tienen anda, traería de vuelta a casa a todos los jóvenes que ahora trabajan fuera, invertiría en investigación y en ciencia, echaría a todos los corruptos, etc. Mi conclusión, al oír aquello, fue que el pensamiento mágico se había apoderado irremisiblemente de una parte importantísima de nuestra sociedad. Y vivíamos, sí, sin tocar el suelo bajo nuestros pies, en una nebulosa de deseos transformados en realidades y en delirios que creíamos incuestionables. Ya no existían ni el déficit de las cuentas públicas ni las imposiciones europeas ni la casi bancarrota de un país que no es capaz de financiar su costosísimo Estado del Bienestar. No, nada de eso. Y bastaba con una especie de varita mágica en manos de Pablo Iglesias para que todo se arreglase. Me lo decían profesores, jubilados, jóvenes, profesionales, empresarios, gente de todo tipo. Así que yo me imaginaba un resultado espectacular para Podemos que le permitiría gobernar con el apoyo de un PSOE casi hundido en la insignificancia. Pero no sucedió nada de esto, sino justo al revés.

¿Por qué? Supongo que se trata de la pregunta del millón y que eso tampoco lo sabe nadie. Yo creo, de todos modos, que el Brexit influyó bastante en la gente que estaba indecisa o que no sabía muy bien si iba a votar o no. Porque de pronto, al ver lo que había pasado en Gran Bretaña con un referéndum estúpido, mucha gente se dio cuenta de los peligros de dispararse en el pie cuando se hacen propuestas envenenadas como «el derecho a decidir» en Cataluña y en Euskadi (y en todas las demás comunidades que lo pidan «con especial intensidad»). Podemos decía que convocaría el referéndum para que ganara el sí. Pero, ¿y si ganaba el no, como había ocurrido en Gran Bretaña? ¿No acabaríamos destruyendo un Estado „imperfecto, sí, pero Estado de Derecho al fin y al cabo„ para sustituirlo por algo que nadie sabía qué podía ser? Y de repente, un inesperado baño de realismo alumbró a muchos de los que creían que todo iba a ser muy fácil. ¿Y si no lo fuera? ¿Y si las propuestas arriesgadas que pretender resolver los problemas muy complejos de una forma muy simple entrañasen un gran peligro? Pues sí, tras el Brexit, esa posibilidad que antes parecía muy remota fue cobrando más y más fuerza.

Y también ha quedado patente que no se puede levantar un discurso basado en las mentiras y en las distorsiones históricas, como ha hecho el populismo demagógico. No es verdad que la Transición fuera una engañifa que permitió seguir en el poder a una especie de franquismo camuflado. No es verdad que la democracia representativa sea un camelo y la democracia directa (o asamblearia, o como quieran llamarla) sea la única democracia que representa de verdad a la «gente». Y no es verdad, por último, que la crisis del 2007 la hayan montado unos banqueros pérfidos y codiciosos encerrados en un castillo con nombre de héroe templario. No, para nada. Todo es mucho más complejo. Y todo es mucho más enrevesado.

Pero, ojo, si las elecciones del domingo se hubieran celebrado hace un año y medio „en octubre de 2014, por ejemplo„, cuando la crisis del ébola y las tarjetas black, y hubieran concurrido los mismos candidatos con las mismas alianzas, ahora Pablo Iglesias estaría proclamando su triunfo a los cuatro vientos y todos escribiríamos que él es el único político que tiene una idea clara de país. Y muchos poetas ya estarían preparando sus odas al Gran Caudillo de la Plurinacionalidad y al Gran Líder Supremo del País de Países. Pero por suerte, o por desgracia, vivimos sin sentir el suelo bajo nuestros pies. Y nadie puede estar seguro de nada.

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