Impresiones

Obama en España

11.07.2016 | 05:00

Por fin se ha producido la visita a España del presidente de los Estados Unidos, que nuestras autoridades esperaban con impaciencia y por la que nuestra diplomacia ha peleado desde hace años. Tradicionalmente las visitas a España de presidentes norteamericanos se producían con una cadencia bastante regular, aproximadamente cada cinco años. Así lo hicieron Carter, Reagan, Bush (padre), Clinton (dos veces) y Bush (hijo) en 2001. Y desde entonces, nada. Quince años «castigados». Pero hay razones que lo explican, al menos desde el punto de vista de Washington.

En 2002 estábamos a punto de entrar en la época más dulce que nunca ha existido entre un presidente norteamericano y un jefe de gobierno español, cuando Blair llevó a ver a Bush a un Aznar despechado con Chirac, que insistía en tratarle con esa condescendencia tan francesa y que tanto nos molesta. España era útil pues tenía entonces un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, y además Europa estaba dividida, Bush decidió entonces cortejar a Aznar y dejarle que fumara puros con los pies encima de la mesa, cosa que no salió gratis porque a cambio le pidió que le echara una mano en Irak y por eso Aznar aparece en la reunión de Azores. Cuando se produjo la invasión, España se salía literalmente de popularidad en los EEUU y algunos exaltados proponían rebautizar como Spanish fries a las patatas fritas que allí llaman French fries. Luego pasó lo que todos sabemos y que nos acaba de recordar la Informe Childcot en el Reino Unido, confirmando que allí se fue con informes de Inteligencia erróneos y sin agotar la vía pacífica. Al final el tiempo pone a cada uno en su sitio.

Cuando Rodríguez Zapatero ganó las elecciones de 2004 retiró de Irak nuestras tropas en cumplimiento de un compromiso electoral y eso es democráticamente inobjetable. Lo que entonces molestó en Washington no fue la retirada sino la forma apresurada en que se hizo, sin dar tiempo a tomar las medidas logísticas para cubrir adecuadamente el agujero de seguridad que provocaba nuestra salida. Bush entendió que nuestras prisas por salir habían puesto en peligro vidas de soldados norteamericanos. Y nunca se lo perdonó a ZP, que le irritó nuevamente cuando en Túnez animó a otros países a seguir su ejemplo, o cuando en la Fiesta Nacional del 12 de octubre no se levantó al paso de la bandera de las barras y estrellas. Esto último molestó también a los demócratas en un país donde los niños comienzan la jornada en el colegio con el saludo a la bandera (pledge to the flag). En Estados Unidos nadie juega con el símbolo nacional.

La consecuencia fue que la relación bilateral pasó de un extremo al otro y los cuatro años restantes de presidencia de Bush estuvieron dominados por una gran frialdad entre las cúpulas políticas de ambos países, algo que yo llegué a vivir tras presentarle a Bush las cartas credenciales que me acreditaban como embajador de España en los EEUU en septiembre de 2008. Cuando en enero del año siguiente Obama juró su cargo en el Capitolio, las cosas entre nosotros comenzaron a cambiar muy deprisa y un día acompañé a Rodríguez Zapatero a almorzar con Obama en la Casa Blanca, cosa que también haría el rey Juan Carlos poco tiempo después. Desde entonces las visitas de altas autoridades españolas a Washington han sido frecuentes... pero sin contrapartida hasta ahora. Y eso que en cierta ocasión le comenté personalmente a Obama que le estábamos esperando y me respondió que le apetecía mucho venir «a Barcelona». Entonces yo le dije sonriendo «pero Mallorca es más bonita», lo que le dejó momentáneamente desconcertado hasta que cayó en la cuenta de que hablaba con un mallorquín que bromeaba y soltó una fuerte carcajada que sorprendió a sus escoltas.

Porque las relaciones no eran ya frías entre nosotros, aunque no lográsemos figurar entre las prioridades de un presidente que siempre está muy ocupado y que no viaja para hacer turismo. Lo que ocurrió es que la crisis nos golpeó muy fuerte y eso dañó nuestra imagen por poner en riesgo el euro y el mismo proyecto europeo, por nuestros récords de desempleo, o por los casos de corrupción que saltaban a la prensa internacional con insoportable frecuencia. Eran años en los que solo se publicaban buenas noticias sobre España cuando teníamos éxitos deportivos de fútbol en Sudáfrica o de Rafa Nadal en las canchas de tenis. Y además, en los años de las presidencias de Rodríguez Zapatero y de Rajoy la presencia y la influencia internacional de España han bajado mucho. Es triste pero es lo que hay y eso también reducía el interés por venir a vernos, a diferencia de las frecuentes visitas que Obama ha hecho estos años a Berlín, Londres o París. Pero no nos equivoquemos, el que Obama no viniera no quiere decir que los últimos ocho años no hayan visto un fuerte desarrollo de las relaciones bilaterales en los campos del comercio e inversiones, de la defensa y la seguridad, de la cultura o de las relaciones sociales.

Por eso creo que es de agradecer el hecho de que Obama haya querido venir a España antes de acabar su mandato y en un momento en el que tenemos un gobierno en funciones, porque muestra que siente que es una visita que se nos debía desde hace tiempo y porque quiere visualizar ante el mundo la excelencia de nuestra relación bilateral. Sea bienvenido.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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