Entre el sol y la sal

Inmortales

Deberíamos cuidar como oro en paño a nuestros genios, a todos aquellos que engrandecen la ciencia y la cultura dejando un poso de excelencia

28.09.2016 | 05:00

Me gusta pensar que hay una isla perdida en la que habitan los genios que el destino nos robó antes de tiempo, un terruño idílico y calmo en el que cada uno de ellos da rienda suelta a su creatividad. Así puedo imaginar a García Lorca, Camarón, Emily Bronté, Antonio Vega, Kiki Morenodávila, Jim Morrison o Mariano José de Larra entre otros, todos a los suyo, a lo que saben hacer, para lo que nacieron y por lo que murieron. Me reconforta suponer que en ese trozo de tierra imaginario culminan sus obras inacabadas y dan respuesta a nuestra sempiterna pregunta, qué nos perdimos por su pronto e injusto abandono.

Ahora, en el Pimpi malagueño, escogen con acierto la figura de Lorca para centrar sus tertulias culturales de los miércoles, dando a conocer su figura histórica, e incluso poniendo voz y música a sus poemas. En cambio, en Granada, asociaciones vinculadas a la memoria histórica remueven la tierra viznera buscando el cadáver fusilado del poeta, en contra incluso del deseo de su propia familia. Dudo mucho de la intencionalidad del rastreo, pues mucho me temo que se limita a otro vano intento por ensalzar a un mártir y reescribir la Historia manoseando su vida, envileciendo todo lo hermosamente perfecto que nos legó.

Creo, estoy convencido, que son muchos los llamados y pocos los elegidos. Sólo un limitado número de personas tienen la capacidad de sobrevivir a su existencia, y ello responde a una simple y llana razón: hicieron algo tan sublime e irrepetible que su recuerdo siempre se mantendrá vivo en aquellos que los admiran, porque saben que lo importante es cómo vivieron y no cómo o cuándo se fueron, así que más que preocuparse por dónde descansan, veo más sensato enfocar los esfuerzos en evitar que se repita el motivo de su ausencia, sea el que sea.

Deberíamos cuidar como oro en paño a nuestros genios, a todos aquellos que engrandecen la ciencia y la cultura dejando un poso de evolución y excelencia, a todos los que culminan con esplendor algo inmortal, a los que sugieren un modelo precioso e intangible de hacer las cosas bien, y a tantos que, en definitiva, generan un eco tan poderoso y creativo como indeleble. Pero este es un país desagradecido con los suyos.

Mientras en el mundo anglosajón levantan una estatua por cualquier mediocridad o dedican un museo a lo efímero, aquí sometemos todo al criterio inmisericorde del tonto de turno, dejando en manos de iletrados el futuro, la obra y el talento de los olvidados. Y es que una nación puede avergonzarse de su Historia, de su condición, de sus líderes, incluso de su sombra; pero una gran nación no puede, ni debe, dejar perderse en susurros y medias tintas a las personas que con sus dones contribuyeron a hacer de de éste un lugar mejor, más soportable.

Perdón, tendrán que disculparme. No sé qué hago hablando de un tema que ni es tendencia ni importa a la mayoría de la gente, con lo interesante que está el divorcio de Brad Pitt y Angelina Jolie voy yo y me pongo a discurrir sobre cantantes y poetas muertos. Qué estúpido soy, pudiendo escribir sobre cuándo donará Pedro Sánchez su cuerpo a la ciencia, quién ganará Granjero busca esposa, la cuarta boda del siglo, o sobre la dieta de Terelu Campos, cojo y me dejo llevar por un pensamiento estéril y carente de actualidad que no es lo que pita en los muros de las redes sociales.

No sé qué me ha pasado, si a los columnistas lo que nos gusta es que nos alimenten el ego, atesorar comentarios en Facebook y que nos compartan muchas veces. Llegados a este punto olviden los cinco párrafos anteriores. Empiezo de nuevo.

Se han celebrado las elecciones vascas y gallegas, y las rotativas, que encarnan el sentir de las corrientes de opinión, están que echan humo con teorías que transportan el asunto regional al ámbito nacional, y bla bla bla€

Ya esta, seguro que ahora sí que me gano 500 seguidores más. Qué susto, por un momento pensé que por no provocar, no herir, no rajar o no despellejar la actualidad me habría vuelto insustancial. Voy a ver un rato Tele5, a ver si se me pasa.

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