27 de octubre de 2016
Al azar

Rajoy se presenta sin piel de oveja

27.10.2016 | 00:24

Incluso Dios necesitó de la palabra para crear el mundo. Rajoy ha obtenido la continuidad en el Gobierno sin pronunciarse, desde un silencio budista. De hecho, solo existía el peligro de que malograra su continuidad por un discurso de más. Rajoy se presentó sin piel de oveja, jactándose como de costumbre de méritos dudosos. A su juicio, los votantes han demostrado «su clara preferencia por el PP». Cabe recordar que el presidente del Gobierno ha obtenido los dos peores resultado del PP en décadas. Omite asimismo que perdió dos votaciones de investidura por más votos ciudadanos en contra que a favor, un fracaso sin precedentes entre quienes han desempeñado su cargo. Pese a que su única baza es el PSOE, no se olvidó de ridiculizar los resultados socialistas durante el primer cuarto de hora de su discurso, regodeándose en los millones de sufragios que distancian a los populares de su principal seguidor.

Hay que «borrar hasta la última brizna de incertidumbre que como una mala yerba haya brotado en estos meses», lee mirando de reojo a Pedro Sánchez. Ensoberbecido por anticipado con su triunfo, el orador reclama «un Gobierno que pueda gobernar», y lo repite tres veces en menos de cinco minutos. Un cuchillo que corte, una rueda que gire. No en vano comenzó la semana asegurando que «tenemos un gran futuro por delante», a la altura de las redundancias que elevaron a la gloria a George Bush.

El presidente del Gobierno habla ya con el deje de superioridad de Aznar. No necesita revestirse de una capa conciliadora. Necesita que media docena de partidos le perdonen el compromiso innegable del PP con la corrupción. Sin embargo, los desafía colectivamente desde la convicción de que «nadie puede presumir» en este campo. Se apresura a confiar al Congreso que «les ahorraré» la exposición de su investidura frustrada de agosto, un síntoma de que no va a efectuar cambios sensibles por la incorporación del PSOE al campo del PP. Es decir, Rajoy le confirma al PSOE que se dispone a apoyar, mediante la abstención, el mismo programa que el PP presentó con la oposición radical de los socialistas. Remata la humillación celebrando a Rivera, que solo aporta 32 diputados, antes que al PSOE del que pretende 85.

Rajoy sigue hablando de los catalanes como si fueran extranjeros que «nos enriquecen», en lugar de integrarlos en el seno de la nación. Les atiza los garrotazos de ordenanza, porque el PP puede gobernar sin Cataluña a diferencia del PSOE. En favor del presidente del Gobierno, no ocultó sus armas para desbaratar a sus socios díscolos. Al repetir de nuevo en media docena de ocasiones que ha preferido mantenerse en el poder, antes que aguardar a unas terceras elecciones, certifica que puede atajar cualquier revuelta de sus improvisados compañeros con un adelanto electoral. Los socialistas se han colocado en una posición óptima para la derrota.

Las personas no cambian a los sesenta años. Es el mismo Rajoy de 2011, probablemente el mismo de 2004 si alguien se aventura en el diario de sesiones. Después de presumir de una seguridad incontrovertible, se dispone a gobernar «al ritmo que exijan las circunstancias». Al tun tun. Señala que se sacrifica por su país, no importa «si hemos de pagar un precio». En medio de tanto altruismo, es imprescindible que «se dejen a un lado todas las consideraciones ideológicas». Solo necesitó cincuenta minutos para ningunear al PSOE, que le apoyará gratis durante cuatro años. Y después descansó.

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