Tribuna

Brida imposible para la cuestión catalana

20.12.2016 | 05:00

La cuestión catalana constituye uno de los problemas recurrentes a los que se enfrenta el PSOE y en los que su posición termina por alcanzar un peligroso equilibrio inestable. Por un lado, los socialistas tienen que mantenerse fieles a su posición contraria a cualquier fragmentación de España; por el otro tienen que conciliarla con su visión federal. Al PP, menos perdido en las sutilezas aunque eso implique una posición sin matices, le va mejor su planteamiento pese a que concite contrarios.

El presidente de la gestora, el asturiano Javier Fernández, ha sido un referente del PSOE más firme en la defensa territorial y ahora se enfrenta, desde la dirección (accidental) del partido, a las dificultades que supone embridar al Partido Socialista de los Catalanes, hábil en el juego doble y siempre exigente para tensar los límites que establece el PSOE. Ya la «Declaración de Granada» se formuló tratando de zanjar la cuestión, pero aún sigue viva.

El expresidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero pasó un Rubicón por el que pagó un precio. Ocurrió en noviembre de 2003, hace 13 años, cuando en una visita a Barcelona, para tratar de impulsar al PSC ante los comicios catalanes que se celebraban al domingo siguiente, prometió: «Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán».

Años después, el propio Zapatero reconoció lo desafortunado de la expresión que trató de matizar al asegurar que el apoyo se limitaba a lo que fuese, pero siempre dentro del orden constitucional. Aquel desliz dio unas alas a los independentistas que aún utilizan para planear con sus reivindicaciones. Con aquella jugada, Zapatero buscaba diferenciarse del PP, aparecer como una opción política nacional más «razonable»: pero desde entonces los socialistas sólo han sufrido sangrías de votos. Incluso, algunos en el partido consideran que la ambigüedad del PSC ha dado pie a que naciera y se asentase Ciudadanos.

Javier Fernández ya ha comprobado lo difícil que resulta lidiar con el PSC, que al tiempo que tambalea la posición de homogeneidad territorial que defienden los socialistas se proclama como «la última viga» que sostiene la relación entre España y Cataluña. Difícil ecuación la que le toca resolver.

Los socialistas tienen sobre la mesa muchos frentes que pelear: el interno, pero también el de recuperar su terreno ante sus electores. Juega a la carta de aparecer como una fuerza exigente y decisiva, que arranca logros para la izquierda y rectifica al PP, aunque lo cierto es que Mariano Rajoy, con su paso tranquilo, va sorteando la situación con resistencia, mientras Ciudadanos y Podemos afrontan un escenario de horas bajas.

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