Tribuna

El año en el que perdimos la dignidad

No sé si esta sociedad olvidadiza necesita de un nuevo 15-M o de lo que la pueda motivar

30.12.2016 | 00:57

Termina el año y habrá que echarle siete llaves o más. Las turbulencias, más bien sunamis, dejaron maltrecha una sociedad que se levanta cada mañana con el 20 por ciento de sus ciudadanos en paro y cerca de tres millones de familias que malviven en la indigencia. Esta es la pura verdad, sin demagogias, que me rondaba cuando abandonaba de forma apresurada y asqueada la iluminada calle Larios, grave insulto para quien no tiene que llevarse nada a la boca. Nunca antes se ha alabado tanto un alarde de vestir con luz la miseria, con la que me tropecé a unos cientos de metros en donde se repartían unos bocadillos de mortadela. Que hayan hecho negocio bares, cafeterías y restaurantes del Centro parece de obligado cumplimiento para algunos pero no deja de ser un insulto para quienes buscan restos de comidas en los contenedores del Centro o no tienen un bocado que llevarse a la boca. Termina un año sin dignidad en una sociedad que prefiere mirar a otro lado para calmar su conciencia, si es que la tiene. Y que me venga ahora un partido que dice tener en sus genes proteger a los más desprotegidos es para hacerle un colosal corte de manga. Es para estar indignados con quien hizo de la dignidad su bandera. ¡Mentira! ¡Que siga en pelea para ver quien se hace con el poder!

Digo que el año es mejor enterrarlo porque aunque nos hablan de crecimiento por encima de la media de los países de Europa, lo cierto es que fortalece y alimenta a quienes más tienen, sin que estos puntos del PIB lleguen a millones de españoles a los que les cuesta mucho, cuando pueden, llegar a finales de mes. Ya sabemos que hay, entre los bien alimentados, quienes no llegan, tal cual una Esperanza Aguirre, a la que tiene que ayudar su subvencionado esposo, cazador empedernido de ayudas europeas. Esperanza Aguirre, Miguel Blesa, Luis Bárcenas, Granados, Fabra and cía, los pobres, no llegan a finales de mes. ¡Una vergüenza! En el mismo informativo televisivo aparecía la figura del Padre Ángel, con su bufanda roja, hablando de cómo dan a diario plato y calor a miles de ciudadanos. Y me acordaba cuando huía de las luces de calle Larios de los numerosos colectivos de ciudadanos malagueños, la mayoría anónimos, que han hecho de la ayuda a los demás un ejercicio vital, sin demagogias, sin alharacas. Y Rodrigo Rato riéndose de todos nosotros, hasta escupirnos a la cara. Rato el salvador de España (España va bien, del soberbio y retorcido José María Aznar) se ríe hasta de su sombra, de todos nosotros, mientras que alimenta las cuentas que tiene en el extranjero.

Yo he recibido en estos días información exhaustiva de Cruz Roja, de Cáritas y un modesto recordatorio de las Hermanitas de la Caridad de Málaga que, con mucha humildad y no poco realismo, nos hablan de quienes pasan hambre y no tienen presente, ni futuro. Nos hablan de una sociedad a la que, por nuestra comodidad y ceguera, damos la espalda, que son números de unas estadísticas, sin pensar que detrás hay unas almas, unas vidas y unos corazones que reclaman poder vivir con dignidad. Se te pone la piel de gallina cuando lees y analizas los números, pero aún más cuando los datos los cruzas con las ayudas recibida por la banca en España y rezas el rosario de los mangantes y sinvergüenzas que nos han robado a manos llenas y ahí los tienes paseándose por la calle o los platós televisivos dándonos lecciones de moral y de dignidad. ¡Pobres en espíritu! pero con riñoneras bien alimentadas.

Yo sé que sólo es un dato, pero significativo y que habla de un colectivo que siente cerca las necesidades de sus ciudadanos. El Colegio de Abogados nos ha dado una lección de solidaridad y en los tiempos que corren es para proclamarlo. El equipo que lidera el decano Francisco Javier Lara hace de la dignidad su bandera. ¡Que siga!

No sé si esta sociedad, olvidadiza y que se encanta con la cascada de luz de calle Larios, necesita de un nuevo 15-M o de lo que la pueda motivarla y sacarla de su ineficaz lamento para pasar a la acción, pero lo que así proclamo, indignado, es que tenemos los partidos políticos que nos merecemos, enzarzados en sus cuitas y problemas internos, con escaramuzas para alcanzar el poder, haciéndose sangre para quítate tú que me pongo yo, o el partido en el poder especialista en dejar en cueros la dependencia, a los parados de larga duración, a las familias más necesitadas. No se preocupen, nos dicen, la cascada de luz de calle Larios la podemos convertir en comida. Ya lo dijo y lo escribió Boris Pasternak, «no sólo de pan vive el hombre». Y dicen, encima, que tenemos un ayuntamiento de tinte social; es para partirnos de risa. Yo lo hago con dolor.

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