Las cuentas de la vida

2016

02.01.2017 | 05:00

2016 fue el año del populismo global. Se inició bajo el impacto de unas elecciones generales que destrozaron el bipartidismo en nuestro país. Con Rajoy a la baja e Iglesias al alza, Pedro Sánchez intentó forjar una coalición de centro que no prosperó a causa del bloqueo de los podemistas. El canibalismo de Pablo Iglesias logró de este modo algunos de sus objetivos más inmediatos, que no eran ni son de entrada un viraje en las políticas del Gobierno español, sino destruir al PSOE para así alcanzar la hegemonía de la izquierda. La crisis interna del socialismo histórico terminó con el descabezamiento de un Pedro Sánchez que había perdido la noción de la realidad, pero sin que la nueva gestora haya conseguido suturar las profundas heridas interiores que dejó este cisma. «Ni su ni sa», como reclaman los partidarios de una tercera vía, podría ser una solución lógica y pactada, aunque en todo caso ya lo veremos en 2017 y no en este curso, que ha sido un autentico annus horribilis para el PSOE.

La paradoja es que 2016, el año del populismo global, se ha cerrado con una aparente normalidad en España. La economía sigue su curso ascendente, los partidos de la estabilidad gobiernan en casi todas las plazas principales y se ha iniciado un frágil diálogo en Cataluña que quizá pueda llegar a dar algún fruto. Frente a ese reducto de relativo equilibrio, el año que acaba se ha movido a golpe de continuas sorpresas. Del Brexit a la victoria de Donald Trump, nada ha salido como estaba previsto ni siquiera por los doctrinarios de la estadística. Los augures del optimismo erraron sus apuestas al creer que el punto decisivo cae siempre en el lado correcto y los profetas del desastre se equivocaron al pronosticar una catástrofe global que, afortunadamente, no se ha producido. Entre ambos extremos, los repetidos éxitos del populismo global subrayan el creciente malestar de la sociedad, a menudo por motivos muy dispares. Tanto el Brexit como Trump ejemplifican el cansancio de las clases medias y trabajadoras que se consideran víctimas de la globalización y de una nueva geografía de las oportunidades, concentrada en muy pocas regiones y en unas determinadas ciudades. De este modo, el voto populista aprovecha la ausencia de perspectivas de una ciudadanía que percibe cómo sus opciones se van diluyendo. Rigen los intereses de las grandes corporaciones y el peso de una burocracia asfixiante. No es tanto el ciudadano empobrecido el que ha apoyado a Trump o la ruptura de la UE, como el hombre decepcionado y temeroso de un futuro que percibe cada vez más alejado de su entorno inmediato.

En este sentido, 2016 debería servir de aviso a las élites. El buen funcionamiento de la democracia liberal precisa un cierto compromiso de ayuda mutua entre todas las partes. En la primera mitad del siglo XIX, Tocqueville advirtió de los riesgos de un futuro democrático regido por un poder omnímodo en el que los diferentes elementos de la sociedad se dan la espalda entre sí. En cierta medida, también el Antiguo Régimen cayó por un proceso de degradación similar. El necesario equilibrio entre la libertad y la igualdad exige ensanchar el horizonte de las oportunidades y mantener en buen estado una generosa red de protección social. Al mismo tiempo, resulta crucial delimitar los privilegios de estas élites. 2016 ha evidenciado el peligro de ruptura que se extiende incluso a las democracias más antiguas y más sólidas. 2017 traerá consigo una sucesión de incógnitas que requerirán dosis recurrentes de fortaleza y de moderantismo. En los Estados Unidos arriba un presidente definido por el alto voltaje, al menos en su retórica. El terrorismo islámico prosigue su campaña de brutales atentados. Las elecciones presidenciales en Francia y Alemania marcan dos epicentros del riesgo político ante la eventualidad de una victoria de la extrema derecha. En España, cabe preguntarse si tendrá lugar el referéndum catalán y cuáles serían las consecuencias de un eventual choque con el Gobierno central. Reivindicar el optimismo el mundo prospera, las sociedades avanzan, la tecnología abre espacio a la cultura y al conocimiento no excluye estar alerta ante esa marea de fondo y ante los peligros que se ciernen sobre los países civilizados.

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