Sol y sombra

Kirchner y el cortijo

08.01.2017 | 05:00

Cristina Fernández de Kirchner está siendo investigada por lavado de dinero en cuantías millonarias, desvío de fondos públicos, acusada de enriquecimiento ilícito y manipulación de documentos. Hizo de Argentina, al igual que había sucedido con su marido, un cortijo. La corrupción y el abuso de poder que exhibió no han tardado en volverse en contra suya y acorralarla. Sin embargo, ella, como es habitual en algunos exdirigentes y cargos imputados de extracción populista, mantiene que la suya es una persecución política. ¿A que les suena?

No, a Cristina Fernández no la investigan por haber abusado del poder y dejar el país en una situación insostenible, con un legado que se calcula en 120.000 millones robados, el equivalente a un año entero del producto interior bruto argentino. Qué va, a ella la persiguen por haber sido la presidenta de las clases desfavorecidas: se trata de un linchamiento, de una revancha por haber defendido la herencia de su marido, el «Dioni de Argentina», incluso por engrandecerla llevando al país a las más altas cotas de progreso. A un peronista no se le pilla tan fácil, la soga la maneja preferentemente él. En este caso, ella. Por eso Cristina Fernández se siente violada injustamente por la justicia.

Perón tejió con la soga una singular tela de dichos. En 1947 prometió levantar horcas en todo el país para colgar a los opositores. Un año antes había dejado claro que en el momento en que alguien la emprendiera a colgar gente él estaría del lado de los que cuelgan, y advirtió a los argentinos que repartiría metros de piola entre los descamisados y ya verían quién iba a colgar a quién. A lo largo de su dilatada carrera política, no dejó jamás de echar de menos el alambre de fardo en el bolsillo. El peronismo sabe alimentarse de la nostalgia y cuando no puede manejar la soga se siente vilmente ahorcado por los enemigos del pueblo.

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