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Sombras y ceniza

12.02.2017 | 00:37

Creo que uno de los grandes problemas de la humanidad es la falta de perspectiva de cada uno de los hombres de carne y hueso que formamos esa ficción útil llamada «humanidad». Si todos los seres humanos tuviéramos siempre al lado alguien que nos recordara que somos mortales, como en la antigua Roma un siervo se encargaba de recordar a un general victorioso que desfilaba por las calles de la ciudad que sólo era un hombre, los telediarios no serían tan horribles y deprimentes. Todos los hombres son mortales no sólo es la premisa universal afirmativa más famosa de la Lógica, sino una verdad que debería evitar que los hombres se convirtieran en lobos para los hombres. Si todos hemos de morir, si el hombre es una breve aventura química que habita un planeta que gira en torno a una estrella en una esquina de una galaxia en un rincón del universo, ¿por qué permitimos un Donald Trump y por qué convertimos una reunión de una comunidad de vecinos en un horror? Si todos somos hombres y todos somos mortales, ¿por qué no somos capaces de librarnos de esa enfermedad infantil, en palabras de Albert Einstein, de ese sarampión de la humanidad que es el nacionalismo? ¿Por qué hay que estar orgullosos de ser británicos o turcos, si sólo las caprichosas circunstancias hacen que uno nazca británico o turco? ¿No es tan absurdo estar orgulloso del lugar de nacimiento como estar orgulloso de tener pecas o las manos grandes? Claro que debemos amar el lugar que nos vio nacer (o no), pero de ahí a colocar ese lugar en el centro del universo hay un salto que repugna a la razón. Hablemos de fútbol. ¿Los futboleros no sabemos que nuestros equipos morirán algún día de algún año de algún siglo? ¿No sabemos que llegará el día, el año, el siglo en el que no quedará del Barça, del Liverpool o del Besiktas ni siquiera el recuerdo? Todos los equipos de fútbol son mortales. ¿Por qué no aparece esta premisa universal afirmativa en todos los escudos de todos los equipos de fútbol del mundo, en la entrada de todos los estadios, en la cabecera de todos los periódicos deportivos, en las bufandas de todos los aficionados? Y si todos los equipos son mortales, ¿por qué no somos capaces de librarnos de esa enfermedad infantil, de ese sarampión del futbol que es el nacionalismo futbolero? ¿No es absurdo estar orgulloso de ser del Barça, del Liverpool o del Besiktas? ¿Acaso los futboleros no sabemos que sólo las caprichosas circunstancias han hecho que seamos del Barça y no del Madrid, del Liverpool y no del Manchester United, y del Besiktas y no del Galatasaray? ¿Hay algún madridista que crea que no sería un acé- rrimo defensor de Neymar si el futbolista brasileño hubiera fichado por el Madrid y no por el Barça? ¿Algún culé duda de que llevaría una camiseta con el nombre de Ronaldo a la espalda si el jugador portugués jugara en el Barça? ¿Los mourinhistas radicales que quedan en el Madrid no serían antimourinhistas radicales si Mourrinho hubiera entrenado al Barça con las mismas formas con las que entrenó (es un decir) al Madrid? Decía Montaigne que llamamos barbarie a todo lo que no forma parte de nuestros usos. Pero la auténtica barbarie es no comprender que nuestros usos y equipos podrían haber sido completamente diferentes si nos hubieran parido en Madrid en vez de en Barcelona, en Manchester en lugar de Liverpool, o en el barrio de Galatasaray, en el lado europeo de Estambul , y no en el barrio de Besiktas. Que somos sombras y ceniza y que el corazón culé, «red» o «león» es sólo una forma romántica de referirse al azar futbolístico, y nunca al destino, son verdades que ponen al fútbol en su sitio y a los futboleros en nuestro lugar. Un lugar lejos, muy lejos del centro del universo.

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