Tribuna

Súbditos o votantes

08.05.2017 | 00:45

Qué nos pasa a los votantes que cada vez, en cada elección, damos cancha a las opciones más deletéreas de las que nos proponen los candidatos? No somos unos ignorantes, al menos la mayoría de nosotros, y por consiguiente debe de ser que mucha gente acepta ofertas no muy testadas o, al menos, propuestas que seducen por su sencillez (impracticable) y por su carga de reivindicación vengativa. ¿Qué otra cosa es el populismo, tan cerca del ciudadano y tan alejado de la solución de sus problemas?

No se trata excepcionalmente de una generación de políticos cuya aproximación a los problemas es, cuando menos, simplista (los ha habido en todas las etapas de la Historia). Simplista y hecha de eslóganes contundentes y primarios (y generalmente en verso), hallazgos verbales seductores inmediatamente asumibles. Por ejemplo, la "casta", es decir, el grupo de políticos chupones y abusivos que han controlado España hasta ahora a quienes han venido a desplazar los nuevos ciudadanos honrados y generosos que constituyen el núcleo dirigente de Podemos. Ellos van a acabar con la «trama» de los políticos corruptos. Y tienen donde escoger. Pero tanta casta y tanta trama va camino de convertirse en «farsa». Porque Podemos es ideológicamente endeble aunque llamativamente seductor. Sus líderes tienen los pies de barro: no tienen un programa muy serio, declaran ser leninistas, de un leninismo amable, eso sí, y apoyan al preclaro héroe mundial, Maduro.

Y puesto que hablamos de Maduro, querría poner en solfa la aparición simultánea de una caterva de políticos populistas que no solo aseguran tener las recetas para remedio de todos los males, sino que hacen de ellas un arcano merced al que el pueblo debe entregarles vidas, haciendas y destino. Mientras Maduro reprime a los venezolanos en una estúpida huida hacia delante, no le detiene el pueblo en las calles de Caracas y él se siente fuerte en el manejo de su poder dictatorial.

Donald Trump, por el contrario, tiene el deseo expeditivo de controlar al pueblo y la evolución de los acontecimientos pero no puede hacerlo. Se lo impiden la constitución y una democracia imbatible. Y cuatro u ocho años (yo creo que cuatro) de presidencia improrrogable.

Los dos son unos bocazas, los dos son muy ignorantes y carecen de toda experiencia de la cosa pública. Y como buenos ignorantes, sus opiniones cambian como si fueran veletas. Creen que pueden con todo y no pueden con casi nada. Uno reprime con sangre; el otro, con mentiras.

Y puesto que hablamos de mentiras, las de los populistas británicos y franceses no están nada mal. Unos han llevado a Gran Bretaña al borde de la catástrofe, que es lo que es cuando comprendan que no puedan esquivar los compromisos financieros con la UE y que el divorcio de Europa será muy duro. Una situación, el Brexit, en la que los ha sumido una campaña del referéndum sustentada en mentiras y en los peores instintos patrioteros de los que ganaron.
Por fortuna, en Francia, la ciudadanía inflige una severa derrota al populismo de Marine Le Pen y consagrará a Macron como presidente sensato y proeuropeo. Podemos estar de acuerdo con él y su programa o en desacuerdo, pero nadie le discutirá su respeto por la democracia y por la libertad de todos.

 Mientras tanto, en el patio de aquí, al diputado canario que tiene en su mano la aprobación del presupuesto, le pondrán, como dicen los humoristas, el AVE de Santa Cruz de Tenerife a la playa de los Cristianos. Y sea quien sea el nuevo secretario general del PSOE a partir del 21 de mayo, soy de los optimistas que creen en la regeneración del partido socialista y en su renacimiento una vez concluida esta fase horrorosa de sus peleas internas. Ahora están mal, pero recuérdese el derrumbe de los socialistas franceses durante el mandato de Jacques Chirac y no se olvide que dos presidentes después, el socialista Hollande fue elegido a la primera magistratura de Francia.

Dicho todo lo cual, no puedo resistir la tentación de plantear la pregunta más acuciante: cómo y por qué somos capaces de querer encomendar la gestión de la cosa pública a unos borricos.

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