Entre el sol y la sal

Deméritos regios

19.07.2017 | 05:00

La pomposa visita londinense del Rey al que todavía nos sale llamarle Príncipe ha sido recompensada por la tierra del Brexit con la exclusión de las empresas españolas del concurso para la construcción de la línea de AVE entre Londres y Birmingham, obra valorada en 7.000 millones de euros.

Y es que a los reyes, tanto al vigente como al emérito, se les acumulan los ninguneos, desde los más institucionales hasta los más descabellados. Una futura letrada granadina, por ejemplo, se ha negado a jurar o prometer lealtad al Rey, lo que ha hecho que la junta del Colegio de Abogados de Granada modifique la fórmula del juramento y suprima la referencia al regente para así atender y respetar la sensibilidad de todos los letrados. Desde mi punto de vista se trata de una estupidez supina, un número de circo que en nada ayuda a la seriedad de un acto protocolario para el que te preparas durante toda una vida.

No podemos olvidar que dicho juramento implica obediencia a la Constitución Española, y ¡oh, sorpresa!, la figura del monarca como Jefe de Estado y sus funciones vienen perfectamente recogidas en el articulado de la Carta Magna, es decir, si prometes respetar la Constitución acatas la existencia y el papel de un Rey en nombre del cual se imparte justicia en esta monarquía parlamentaria que es España, de lo contrario, la flamante letrada tendría que acatar la Constitución en parte, o casi, o a medias, o como le dé a ella la real gana, faltaría más, pero claro, eso supone pasar desapercibida e incluso la imposibilidad de colegiarse. Me pregunto por qué la abogada no advirtió de sus intenciones a su colegio profesional con antelación al acto y prefirió esperar al momento álgido. Por lo visto, hasta Pablo Iglesias celebró en redes sociales la comprometida muestra de valentía, toda una carta de presentación que adjuntar al currículo de esta promesa legal.

Por otra parte se acaban de celebrar los boatos que conmemoran el 40 aniversario de las elecciones de 1977, las primeras democráticas, y el acto central en el Congreso de los Diputados pasará a la historia por la ausencia de Juan Carlos I, quien, según algunos, posibilitó activamente la transición. Cuentan que el emérito se ha cabreado por no ser invitado al evento, incluso no falta quien culpa a Leticia de ser la autora intelectual del suegricidio ya que, todo sea dicho, el apartado carece de funciones públicas, ni políticas, ni estatales. Han asistido hasta los nietos de La Pasionaria, dicen que dijo el ausente. Lo que no se sabe es si lo dijo mientras limpiaba el cañón de un rifle o si echaba mano de unas muletas.

A mí me parece que Don Juan Carlos debió ser invitado y desprovisto de cualquier carácter institucional para reforzar la figura de Felipe VI. Total, tampoco es que aquí se nos arremolinen como en Inglaterra y donde posan dos, posan tres. Su sola presencia, en lugar discreto y ceremonial, habría dado al acto un empaque de sana continuidad tan necesaria en tiempos de desafíos independentistas y populismos en auge, pues por las bancadas pulularon todos en paz y armonía, de un bando y de otro.

Recuerdo la premura y la velocidad con que se llevó a cabo la abdicación en junio de 2014, así como el rol constitucionalista desempeñado por los líderes de los partidos mayoritarios, y quizá aquella urgencia pasó por alto estos aspectos mundanos del Borbón ocioso, lo que no es cuestión baladí, porque a jubilarse también se aprende. Entiendo que Don Juan Carlos no va a ir al mercado a hacer la compra, ni viajará a Benidorm con el Imserso, ni bajará al bar de la esquina a ver los toros con sus colegas, pero una cosa es segura, ni es ni será un jarrón chino, aunque ahora esté dándole vueltas a aquello de ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió.

Don Juan Carlos de Borbón es historia viva de este país. Para algunos, un eslabón imprescindible entre la dictadura y la democracia, un afanado luchador por el Estado de Derecho, para otros, una sombra alargada del franquismo, un gañán y un vividor que no ha dado palo al agua. Y ahí radica su importancia, su legado, pues encarna a la perfección la bipolaridad del sentimiento que inunda últimamente esta piel de toro en la que una letrada granadina puede renunciar a acatar el papel de un Rey gracias a que el monarca padre, mejor o peor, sancionó en diciembre de 1978 una Constitución a la que ella se debe.

La Justicia está muy dañada, y la abogacía no lo está menos. Hay cosas mucho más urgentes y necesarias contra las que revelarse. Ningunear a un rey tiene su gracia, su aplauso fácil, pero eso también pasa con las canciones del verano, que se olvidan rápido, por mucho ruido que hagan.

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