Impresiones

El referéndum kurdo

17.09.2017 | 19:25

Parece que lo de hacer referendos de independencia se ha puesto de moda y en Irak hay dos en preparación organizados por los kurdos que habitan en las montañas del norte del país. No lo tienen fácil.

Se dice que los kurdos son el mayor pueblo del mundo que no dispone de un estado y es una verdad a medias porque los kurdos son muchos (hasta 60 o 65 millones, aunque no se sabe con exactitud), se distribuyen en diferentes grupos, hablan dialectos distintos y sus intereses no son coincidentes. Ni siquiera se llevan bien entre sí. Se hallan repartidos entre Turquía (45%), Irak (25%), Irán (25%) y Siria (9%). Las tensiones, las fronteras cerradas y la volatilidad imperantes en esta amplia zona geográfica tampoco les ayudan a cohesionarse.

Cuando desapareció el imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial, británicos y franceses se repartieron sus restos en Oriente Medio. Fue el pacto Sykes-Picot (por los nombres de los diplomáticos que lo negociaron) que trazó una línea desde la E de Acre hasta la K de Kirkuk y dejó el norte a Francia y el sur al Reino Unido. Así se hacían entonces las cosas. Como parte del proceso, el tratado de Sèvres decidió crear un estado kurdo independiente y la Sociedad de Naciones envió una misión con diplomáticos y cartógrafos para establecer sus límites, pero montañeses kurdos, probablemente salteadores de caminos en una tierra sin ley, los asesinaron y eso enfrió los entusiasmos por su causa. Esas simpatías desaparecieron del todo cuando Ataturk echó al sultán y proclamó en Turquía una república laica y proeuropea e impuso sus ambiciones sobre el Kurdistán. Como las potencias occidentales no querían que Ankara basculara hacia el campo de la Rusia de Lenin, se olvidaron definitivamente de los kurdos y los repartieron entre la propia Turquía, Irak, Irán y Siria. Desde entonces han sido un pueblo oprimido, con la excepción de la breve República de Mahabad declarada por los kurdos de Irán en 1946 con apoyo soviético y que duró mientras interesó a Moscú, que fue muy poco tiempo. Los kurdos de Turquía fueron siempre ciudadanos de segunda y en el caso de Irak sufrieron mucho durante la guerra con Irán, incluyendo bombardeos con armas químicas, y luego padecieron una dura represión por parte de Sadam Husein. Eso animó a los EEUU a establecer una zona de no sobrevuelo sobre el Kurdistán iraquí desde 1991 y a dotarles luego de una amplia autonomía con la constitución impuesta tras la invasión de 2003.

Y así llegamos al día de hoy. La derrota del Estado Islámico ha reforzado a los kurdos, pues la aportación de los peshmergas (armados por Washington) ha sido decisiva, y ha despertado unas ansias de independencia nunca del todo dormidas y ahora azuzadas por su fuerza militar, la postración del estado iraquí y la insatisfacción económica provocada por la bajada de los precios del petróleo. Bagdad les paga tarde y mal y, como consecuencia, los muchos kurdos que trabajan en la administración (uno de cada seis), desde los maestros a los policías locales, llevan meses sin cobrar y la deuda externa kurda supera los 20.000 millones de dólares. No están contentos.

Los kurdos se quieren basar en la autonomía para dar el salto hacia la independencia. Su presidente, Massoud Barzani, que en el fondo es otro señor feudal (el Parlamento lleva dos años sin reunirse) ha convocado un referéndum «para un divorcio amable» (todos dicen lo mismo) el día 25 de septiembre a pesar del ambiente internacional hostil a su celebración y a que los propios kurdos están divididos al respecto.

Solo Israel ha apoyado el referéndum hasta ahora. Sus razones tendrá. Estados Unidos, Irán y Rusia, extraños compañeros de cama, están de acuerdo en no querer la desmembración de Irak ni más complicaciones en una región ya de por sí muy inestable. Irán y Turquía temen que un estado kurdo actúe como polo irredentista que excite movimientos separatistas entre sus propias poblaciones kurdas. Ankara ha encarcelado a sus líderes mientras sus tropas intervienen en Siria para frenar los avances de los kurdos en ese país, que también se autogobiernan en zonas arrebatadas al Estado Islámico. Una palanca importante de Ankara es que el petróleo del Kurdistán iraquí sale por el puerto turco de Ceyhan. También Irak se opone a la independencia de Kurdistán y afirma que no reconocerá el resultado del referéndum.

Para complicar más el panorama, la región iraquí de Kirkuk quiere hacer su propio referéndum (¿dónde está el límite?) para unirse al Kurdistán, tras haber sido liberada por los peshmerga kurdos del yugo del Estado Islámico cuando el ejército iraquí huyó vergonzosamente. Kirkuk está poblada por árabes, turcomanos y kurdos, que son mayoría, pero los dos primeros grupos se oponen ferozmente a esa integración. Tampoco Irak quiere perder Kirkuk porque allí hay mucho petróleo.

Con este ambiente Barzani, que es un viejo zorro, sabe que no basta con votar para tener la independencia, sino que es preciso que los otros países la reconozcan y que eso no va a suceder. Lo demás puede ser catárquico, pero es papel mojado. Si sigue adelante con el referéndum no es porque crea en la independencia ahora, sino porque piensa usar su resultado (que se prevé favorable pues nadie organiza un referéndum para perderlo) para forzar una negociación con Bagdad que le dé más autonomía, más territorio y más dinero, mientras sube otro peldaño en el largo camino hacia una eventual independencia futura. Algunos son más inteligentes que otros.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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