La quinta columna

Un premio al mercado

20.10.2017 | 05:00

El andamiaje de todo el proceso de unidad europea ha sido el mercado común, mientras que la construcción de instituciones democráticas quedaba abandonada en el baúl de los buenos propósitos». El Premio Nobel de la Paz de 1973 a Henry Kissinger, instigador de varios genocidios, dejó muy alto el listón de la degradación de los galardones humanitarios. Pero hay que reconocer que el jurado del Premio Princesa de Asturias de la Concordia ha hecho un meritorio esfuerzo por alcanzar los niveles de inmundicia del Comité Nobel noruego al galardonar a una organización plutocrática responsable de la muerte en sus fronteras de miles de refugiados y protagonista de un golpe de estado de baja intensidad en Grecia. En realidad, el premio a la Unión Europea es un premio al mercado. Si se lo hubieran concedido a Juan Roig la cosa al menos habría tenido la virtud de la sinceridad. El germen de lo que después sería la Unión Europea surgió tras la Segunda Guerra Mundial con la intención explícita de que las relaciones comerciales generaran un entendimiento cordial entre países que acababan de intentar aniquilarse. La moraleja era que los intereses egoístas que nos unen en el mercado son un cemento social más poderoso que la deliberación política o la solidaridad. Por eso el andamiaje de todo el proceso de unidad europea ha sido el mercado común, mientras que la construcción de instituciones democráticas quedaba abandonada en el baúl de los buenos propósitos. Y por eso se cometió el disparate de instaurar una moneda común sin antes disponer de políticas fiscales ni servicios públicos europeos. El resultado, quién iba a imaginarlo, ha sido una descomunal pérdida de soberanía democrática en beneficio de las élites financieras globales, que formalizaron nuestra genuflexión mercantil con la imposición de la reforma del artículo 135 de la Constitución.

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