Desde la distancia

Más y mejor globalización

02.11.2017 | 20:48

La solución a los efectos secundarios de la globalización es más y mejor globalización, viene a decir del economista turco Dani Rodrik. Es una aportación reciente sobre la cuestión que él y otros han enunciado más o menos así: la rauda mundialización de la economía ha reducido las desigualdades entre países y sacado a cientos de millones de personas de la pobreza, pero al mismo tiempo ha acentuado las desigualdades internas en las naciones desarrolladas. Una parte de los ganadores y de los perdedores han evolucionado como el líquido en los vasos comunicantes: a medida que emergían y crecían clases medias en lugares que salían de la pobreza, se deprimía el tamaño y la calidad de vida de las clases medias de Occidente, socavadas por las deslocalizaciones empresariales y por el efecto depresor de los salarios y de los precios de la disciplina del mercado global. El reflejo político es en ocasiones la consolidación, vía prosperidad económica, de regímenes totalitarios (la China de Xi Jinping) y la erosión de las democracias liberales, donde ganan apoyo social los populismos, los nacionalismos y las posiciones xenófobas (los EE UU de Trump).

Rodrik nos informa de que, más precisamente, el ganador principal de la globalización es el capital y a menudo el perdedor es el trabajo. Los beneficios de la globalización son extraordinarios, pero no están repartidos de una manera justa, y existe una asimetría que está en la base de ello: mientras el capital fluye libérrimamente y el comercio supera fronteras, la movilidad del trabajo sigue estrellándose en ellas. Hace esta cuenta: las trabas que encara un trabajador pakistaní para trabajar en EE UU, donde podría multiplicar sus ingresos, equivalen a un arancel del 500%.

Su propuesta viene a ser algo así: derribar fronteras a la movilidad laboral, haciéndolo de una manera concertada entre los países y con reglas globales, favorecería un gran crecimiento económico mundial y nacional, elevaría las rentas de muchos trabajadores y reduciría problemas como el comercio desleal y el «dumping social». Aunque de nuevo habría perdedores (los trabajadores menos formados de los países desarrollados), al ser mayor la generación de riqueza y teóricamente menos desequilibrado el reparto de ganancias entre capital y trabajo, también se aligerarían las dificultades actuales de los estados para redistribuir los beneficios de la globalización (vía impuestos y gasto público) sin arriesgar la competitividad de sus economías.

Dani Rodrik se hizo famoso por su «trilema», según el cual, no se puede tener a la vez integración económica mundial, democracia y soberanía nacional plenas, es preciso hacer renuncias. Con sus últimas reflexiones, vuelve a apostar por ceder en lo tercero, por globalizar el gobierno, para preservar lo primero y lo segundo. Una utopía en las antípodas del muro de Trump y del secesionista Puigdemont.

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