El palique

El lenguaraz

Puigdemont se las da de políglota, aunque lo vemos tartamudeando en lo que es el lenguaje de aceptar las leyes

09.11.2017 | 05:00
Puigdemont, durante una rueda de prensa en Bruselas.

Se puede ser tonto en cinco idiomas, decía Eugenio D´ors. En algunas tertulias se alababa ayer a Puigdemont por su desenvoltura con el inglés y el francés. Se puede ser insumiso en lenguas diversas. Puigdemont no es nada tonto, aunque tenga tendencia al mesianismo y la payasada. A veces intentando ser solemne sólo se consigue dar pena. Se ha tomado tan en serio a sí mismo que ha creído tener un excesivo don de lenguas: elige que su causa sea en neerlandés, idioma que no habla, para poner flamencos a los flamencos. A esta hora ya está claro que el expresident es un peligro. Para Bélgica. Para España. Para Cataluña y para toda Europa. Puigdemont podría devenir, degenerar, en una suerte de embajador volante y prófugo de las (supuestas, inventadas, reales o apetecidas) naciones europeas, que algunos estudiosos de la materia han cifrado en noventa.

Los nacionalistas como Puigdemont serían felices tal vez en un mundo atomizado y de tribus, o sea, lo que ha sido siempre sinónimo de guerras, apaleamientos y rivalidades. Su proyecto rivaliza con la Unión Europea, que es ni más ni menos que el invento que evita que los europeos se maten entre ellos y liquiden cada dos generaciones a varios millones de personas, principalmente jóvenes soldados, que mejor estarían fumando porros, haciendo un máster, fornicando, de Erasmus o aprendiendo lenguas.

Puigdemont extiende su mensaje por el mundo por ver si amplifica su causa. Pero en todos los idiomas se le entiende: está acorralado. ERC no tiene motivos para echar una mano al Pdcat, que se hunde en las encuestas. Las evoluciones de Puigdemont se siguen ahora desde algunos bares de la España profunda con la curiosidad con la que se seguían hace décadas esos reportajes de los periódicos provinciales acerca de que, por ejemplo, un nota estaba dando la vuelta al mundo en bicicleta o en patín. «En Alemania son muy simpáticos y en Francia se come muy bien», titularía el avezado redactor el texto. Puigdemont da muchas vueltas. A la independencia. Declarará el día 17 y tal vez se dicte su regreso a España. Quiere participar en las elecciones del Estado opresor y ya estamos seguros de que su principal mensaje será en lenguaje universal: votadme, por favor. Todo el mundo habla de él, que a su vez cree hablar todas las lenguas. Se hacen lenguas sobre sus planes, que algunos ya ven a la legua.

Mientras tanto, parafraseando a Julio Camba cuando atisbó desde un paquebote las costas de Manhattan por vez primera y vio tantas luces podríamos afirmar: «Todo esto quién lo paga». O sea, los viajes de ediles a Bruselas, su carísimo abogado, sus hoteles y corbatas y atriles para dar ruedas de prensa políglotas. Tal vez se esté entendiendo en el mejor lenguaje universal: el del dinero. Sin olvidarnos de que un presidente de Generalitat (mejor dicho, expresident) se lleva cada mes siete mil euros al bolsillo. Así cualquiera se dedica a hablar y hablar. No hace falta que le tiren de la lengua.

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