La mirada femenina

Perdidos en la lluvia

18.11.2017 | 22:45

Él caminaba bajo la lluvia. Con paso firme y rápido iba sorteando los pequeños charcos de entre los alcorques. Su abrigo le pesaba por el agua y el frío le había calado los huesos. Sacó las manos de los bolsillos para encenderse un pitillo como pudo. No hacía excesivo viento y las calles desprendían ese inconfundible olor a piedra mojada mezclado con humo de batería de coche. Notó cómo sus labios tiritaban de frío e hizo un vano esfuerzo por controlar el tembleque. Nada que tuviera que ver con su cuerpo importaba ya demasiado. Estaba desahuciado. Cómo escocía pensar en esa palabra. Desahuciado. Le aterrorizaba. No sabía cuántos días le quedarían aún de vida pero intuía que su final estaba ya cerca.

Pensó que se había pasado la vida corriendo, derritiéndose a cámara rápida como un caramelo en la boca de un niño y que necesitaba más tiempo para poder revertir esa tendencia innata y absurda a fundírselo todo. El aire, el amor, el dinero, las drogas, la vida. Pero ahora el tiempo le había sido negado y sus ganas de calma y silencio probablemente no serían más que el preludio a su propia muerte. Había bebido y se había drogado demasiado. Le pesaba. La cara se le había quedada chupada y aunque mantenía su atractivo, al contrario de cuando era joven, rehuía el espejo. Pensó que le había faltado hacer algún que otro viaje, vivir un amor tranquilo, tal vez hasta tener algún hijo.

Por un momento recordó las palabras de súplica de su médico cuando hacía años ya le había pedido que dejara la mala vida. Pero el lado oscuro era tan atractivo y él, en realidad, no era más que un niño asustado que trataba de hacerse el fuerte, el tipo duro. Sin embargo la atracción a esa oscuridad de cine negro y a todo lo fronterizo le había convertido en un gran músico y a la vez un hombre kamikaze. Y ese niño perdido que en realidad era, incapaz de ser otra cosa distinta que él mismo, se sentía amado incluso admirado por aquellos que estaban del lado opuesto. Los otros, los padres, los profesores, los familiares, la gente normal. Ellos eran los aburridos, los ordenados, los que se aseaban y vestían todos iguales y aparentaban ceñirse a las buenas costumbres. Los otros, los pijos, le parecían todos ellos unos pringados.

Sonó el teléfono. Ella le habló con dulzura. Estoy en la Plaza del Sol. Vente a tomar una copa. Él asintió. Aquella dulzura le había provocado una erección.

Trató de situarse. Estaba en alguna de las cientos de callejuelas del barrio de Grácia. Fue a leer el nombre de la calle pero no le llegaba la vista. Tomó una callejuela que le escupió directamente al centro de la Plaza. Las Terrazas estaban vacías. Una luz tenue salía del café del sol. Entró. Ella le esperaba sentada en una de las mesitas del altillo.

Se sacudió el agua como un perro sarnoso se sacude las pulgas. Se quitó el abrigo y lo dejó apoyado en un taburete. En unos segundos justo debajo se formó un pequeño charquito. Una chica con rastas y tatoos sacó una fregona para que aquel charquito no estropeara la madera del suelo.

-Hola -dijo Malena al levantarse para darle dos besos.

Al olerla Charly pensó en las fresas silvestres de la tarta de la abuela.

-Gracias por venir, necesitaba verte -confesó ella tímidamente.

-¿Y? -preguntó él con cierta guasa añadida -aquí estoy, soy todo tuyo.

-Te veo bien, como siempre -dijo ella sonriendo comedida- bueno, nos hacemos mayores, eso es del todo inevitable -su sonrisa se amplió como para quitarle hierro al asunto.

-Sabes, no estoy tan bien como me gustaría -confesó Charly- pero no quiero quejarme ni contarte mis penas, ¿tomas alguna otra cosa preciosa? Voy a pedirme una copa.

Charly pidió un whisky doble con agua. El bar estaba casi vacío. La chica con rastas y tatoos no tardó en depositar el whisky sobre la mesa.

-¿Sabes una cosa? -preguntó ella como si fuera a iniciar un largo monólogo.

Él la miró fijamente mientras saboreaba su whisky.

Por cierto -interrumpió- ¿Te han gustado mis baterías?

-Sí, me han encantado, ya te lo dije.

-Bueno, quería oírtelo decir en persona.

-Has hecho que mis temas vuelvan a gustarme. En serio, no exagero. Les has dado el latido que necesitaban. ¿Te llegó la pasta?

-Sí, gracias, iba pelado. Cada mes me pasa lo mismo, voy con la soga al cuello.

-Bueno, no es para tanto -respondió ella- ojalá pudiera pagarte más. Eres un gran músico Charly, debería pagarte mucho más.
No dijo nada aunque esa apreciación le había sentado de maravilla, sólo la observaba. Aquella mujer le parecía inquietante. Había algo en ella que no lograba descifrar y justamente eso era lo que más le atraía.

-¿Qué ibas a decirme preciosa, perdona que te haya interrumpido?

Ella desvió un poco la vista y miró de reojo cómo la chica de los tatoos servía una copa abajo, en la barra, a un tipo de complexión gruesa y pelo largo que llevaba unas botas de cuero negras de motorista. El tipo levantó la mirada y se cruzaron por un momento.

-¿Le conoces? -preguntó Charly con curiosidad.

-No, bueno no sé -respondió ella-. Me suena de algo pero no estoy segura de qué. Sorbió el último trago de su copa y trató de armarse de valor para poder hablar y decir lo que esperaba poder decirle pero no podía hablar con libertad, por culpa de los nervios la voz le salía muy débil y se sentía incómoda, ridícula, estrangulada. Aún así, era en ese momento o nunca.

-Quería decirte que siempre, siempre€ he estado enamorada de ti.

Charly se quedó atónito. No se esperaba una declaración de ese tipo. Ambos se miraron con un amor profundo como si con la mirada pudieran tocar el corazón el uno del otro. Hasta que ella dudó de si misma y bajó la mirada. Tal vez no debía habérselo dicho. Fue entonces cuando Charly le cogió de la mano, y sin decir palabra, la acercó hacia su también inseguro y asustado cuerpo, y la besó. Luego tomó otro trago y volvió a besarla, y así pasaron toda la noche entre tragos y besos. Hasta que se hizo de día y el café transformó por un rato el miedo y la inseguridad en hogar cálido, en sueño. Entonces, en la cocina de casa de Malena sonó algo parecido a un trueno, un resto de la tormenta de la noche cuando el explicó que estaba a punto de morirse. Ella dejó caer la taza de café y pensó que la vida sin él ya no tenía ningún sentido.

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