09 de mayo de 2018
09.05.2018
Las cuentas de la vida

El final de ETA

La auténtica memoria histórica requiere de una generosidad inusual, pero imprescindible. Detrás de los crímenes de ETA se ocultan más de 800 víctimas, miles de heridos y familias rotas

08.05.2018 | 20:37

Al poco de cumplir yo los veinte años, ETA secuestró a un familiar de un amigo mío. Compartíamos alojamiento en un colegio mayor y, por aquel entonces, el terrorismo formaba parte del paisaje cotidiano en el norte de España. Hablo de los primeros 90, cuando cayó en Bidart el colectivo Artapalo y el posible final de ETA empezaba a vislumbrarse en la lejanía. Recuerdo que una tarde, en que los helicópteros sobrevolaban la parte alta de la ciudad, la policía intervino un piso franco vecino, puerta por puerta, al de otros compañeros míos de estudios. Recuerdo el estallido de una bomba –ese ruido seco– en la parte trasera de una cafetería a la que solíamos acudir cada mañana. Recuerdo a un muchacho al que habían asesinado a su abuelo. Recuerdo la diáspora de amenazados, que terminaban mudándose a Madrid, Mallorca, Alicante o Marbella. Recuerdo la polémica que suscitaban las declaraciones de algunos obispos vascos, tan equidistantes entre el bien y el mal. Como sucede ahora en muchos lugares de España, había líneas invisibles que dividían la sociedad vasca y que trazaban un peculiar relato maniqueo. Para el nacionalismo, la maldad del terrorismo radicaba en los medios –la extorsión, el secuestro, el asesinato–, pero no en sus fines –crear un nuevo Estado, un país independiente–. No debería extrañarnos, ya que el hombre no puede desligarse de un sentido moral, por muy peculiar que sea. «Entre los procedimientos que permiten liberarse de la culpabilidad que sentimos por nuestras víctimas –escribe el filósofo Rémi Brague– lo más fácil es acusarlas todavía más, en uno de estos procesos de desbocamiento colectivo sobre los que René Girard nos ha abierto los ojos». Dicho de otro modo, para perdonarse el crimen cometido, los asesinos deben culpar a las víctimas y menoscabar su dignidad. Así, la degradación del lenguaje actuaba primero tildando de ´ratas´ o ´fascistas´ a los que no comulgaban con el credo abertzale.

El historiador John Lukacs se ha preguntado en alguna ocasión si la fuerza ideológica determinante en el siglo XX ha sido el nacionalismo o el marxismo. En la ETA, como sucede con tantos otros movimientos nacional-revolucionarios, han actuado ambas fuerzas en simbiosis. El objetivo en aquellos años era deslegitimar la democracia española y desbordarla por algún punto. No permitir, en definitiva, que se consolidara la concordia. La vía militar se acompañaba de un profundo entramado político y mediático que sólo Aznar, a finales de los noventa, se atrevió a tocar. Y fue necesario hacerlo. De hecho, no hubo derrota policial hasta que el Estado impuso la fuerza del Derecho, que lógicamente es la de la paz civil. Y lo pudo conseguir, en gran medida, gracias al apoyo internacional.

Ahora que la ETA se disuelve, conviene recordar que su derrota coincide con una de las crisis institucionales más graves que vive nuestro país. Hay algo paradójico en este hecho que ha analizado con lucidez el profesor Josu de Miguel en un reciente artículo publicado en The Objective: «Creo que ETA y su mundo han vencido moralmente a la democracia española. No porque en Euskadi se haya comprado su relato sobre el final de la violencia, lo cual no deja de ser anecdótico, sino porque sus ideas en torno al carácter falsario de esa democracia y la Transición que la dio a luz han sido asumidas por una parte muy importante de la sociedad vasca y española. Diré más: el nacionalismo que se autoproclama (de izquierdas) es el triunfador momentáneo de nuestro momento político, habiéndose convertido en una ideología que pese al oscuro bagaje histórico que lleva a sus espaldas, cuenta hoy con una enorme respetabilidad a lomos de artefactos que creíamos superados, como el derecho de autodeterminación».

La auténtica memoria histórica requiere de una generosidad inusual, pero imprescindible. Detrás de los crímenes de ETA se ocultan más de 800 víctimas, miles de heridos, mutilados y familias rotas. El entorno abertzale dirá que es el precio que tuvo que pagar un pueblo por su libertad, aunque no es verdad. Sólo una patología moral que niega a la persona humana su condición sagrada permite explicar cómo se alimentan las entrañas del mal. ETA se disuelve, pero todavía prosigue su mentira.

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