Margaritina, la niña que le llevó las arras a Franco

«Pasé un día horrible en la boda de mi tía Carmen», evoca a sus 96 años Margarita Suárez

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Margarita Suárez-Pazos Vereterra, en su casa.
Margarita Suárez-Pazos Vereterra, en su casa.  La Opinión

david orihuela. oviedo. Margarita Suárez-Pazos Vereterra tiene 96 años y un aspecto y conversación envidiables. Y buena memoria para recordar el 16 de octubre de 1923, un martes soleado en el que Francisco Franco y Carmen Polo, su tía, se casaron en la iglesia de San Juan el Real. Margaritina, como se la conoce, tenía 9 años y estrenaba vestido blanco. Como sobrina de la novia, fue la niña que portó las arras en una boda que despertó una expectación sin precedentes en la ciudad, aunque ella la recuerda como el día que se casaron Franco y tía Carmen.
Era la primera vez que Margarita veía una novia. Carmen Polo «estaba guapísima» cuando entró en la iglesia bajo palio, prebenda que tuvo porque el padrino era Alfonso XIII, aunque representado por el general Losada. La futura esposa de Franco y su padrino de boda llegaron andando desde la casa familiar de la novia, en el número 44 de la calle Uría. La niña estaba encantada con su vestido, que le tuvieron que rehacer un par de veces debido a los retrasos en la fecha de la boda por las obligaciones del teniente coronel Franco.

Pareja
En la plazoleta del templo se agolpaban los ovetenses para ver salir a la pareja. Tras ellos caminaba Margarita Suárez-Pazos. La pareja y los invitados desanduvieron el camino que la novia había hecho una hora antes y se dirigieron a la casa de Uría, «una casa muy divertida». Fue una boda con menos boato de lo esperado. La enfermedad del tío de la novia, Luis Vereterra, que iba a ser padrino y que falleció cuatro días después, deslució las celebraciones.
En la casa de Uría la niña de las arras protagonizó junto a su hermano Pepe la trastada del día. El menú no llamó demasiado la atención de los críos, pero sí unas hermosas naranjas. Pepe se hizo con dos piezas y Margarita no hizo caso de la advertencia de su madre: «Como manches el vestido de naranja...». «Acabó todo naranja», sentencia ahora.
El relato continúa: «Las muchachas me metieron en una despensa de la cocina porque había sido malísima y yo me subí en uno de esos cubiletes de los barquilleros como los que había en el Campo San Francisco. El pie se me metió en ese artilugio que daba vueltas y me hice una herida tremenda. La tata vio la sangre por debajo de la puerta y al abrir me encontró en el suelo medio desmayada y sangrando por una pierna». Así finalizó la jornada para Margaritina: en el médico y «con un montón de puntos en la pierna». En la balanza de los recuerdos gana lo negativo: «Fue un día horrible». La novia estaba preciosa, la niña estrenaba vestido y por fin tía Carmen y Franco se casaban después de dos intentos frustrados. Pero «entre lo del abuelo [la grave enfermedad de Luis Vereterra], lo del vestido y los puntos, fue un día horrible», afirma.

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