Historias irrepetibles

Casado con el Charlton

Sam Bartram defendió durante 22 años la portería del modesto equipo londinense, que no abandonó ni el día de su boda

10.12.2016 | 16:53
Bartram, durante el partido de la niebla contra el Chelsea en 1937.

Los one man club –futbolistas que en toda su carrera solo han defendido la camiseta de un equipo– son una tradición en el Reino Unido (en el resto del mundo son una especie extraña y difícil de encontrar) donde se festeja su existencia e incluso se potencia que los grandes símbolos de una institución solo se vean forzados a salir de ella cuando llega la hora del retiro. Fue el caso de Sam Bartram, portero del Charlton Athletic, cuya fidelidad al club y a su profesión le llevó incluso a interrumpir uno de los días más importantes de su vida para defender las porterías de The Valley

Se suele decir que Sam Bartram es el mejor portero inglés que nunca tuvo la ocasión de defender la camiseta de su selección. Hizo méritos durante los 22 años que protegió de forma ininterrumpida la portería del Charlton Athletic, pero le cerraron el paso Frank Swift –quien moriría en el accidente de Múnich en 1958 cuando ya ejercía como periodista tras dejar el fútbol– y Ted Ditchburn.

Nunca hubo un reproche por parte del Bartram, aunque una vez retirado confesase que esa había sido la gran frustración de su extensa vida deportiva.

Como tantos otros porteros, Bartram se instaló bajo los palos de la portería por una simple casualidad. Creció en la cuenca de Durham, aprendiendo a jugar al fútbol en el colegio en el que estudiaba, pero convencido de que su futuro pasaba por trabajar en la mina de carbón como la mayoría de sus vecinos y amigos. El fútbol era un simple pasatiempo. Se desempeñaba como interior o defensa central en función de las necesidades de cada partido. Era grande, corpulento y nunca eludía el choque. Cuando no estaba sacando carbón de la mina era fácil encontrarle en el campo del Boldon Villa, el equipo amateur de su pueblo. Una prueba sin éxito en el Reading cuando tenía 17 años –y que le dejó una profunda herida porque apagó de golpe muchos de sus sueños– fue lo más cerca que creyó estaría del fútbol profesional. Pero en 1934, antes de la final de un torneo comarcal, el portero del Boldon Villa se levantó con una resaca descomunal tras una noche especialmente intensa por los pubs de la zona. No estaba en condiciones de ponerse en la portería y el que solía ejercer de suplente llevaba semanas lesionado. El entrenador tomó la decisión más lógica en estos casos: poner al más grande y fuerte bajo la portería. Y ése era Bartram.

Aquel día estaba en la grada Angus Seed, hermano de Jimmy Seed quien solo un año antes se había hecho cargo del Charlton Athletic, el equipo que se disputa con el Crystal Palace el dominio en el sureste de Londres. Angus ejercía de ojeador para su hermano. Le gustaba el fútbol y la ópera y cuando el tiempo se lo permitía solía rondar por los torneos locales en campos perdidos en busca de talentos por descubrir.

Esa tarde no tardó en preguntar por el tipo grandote que estaba defendiendo con éxito la portería del Boldon Villa. «Se llama Bartram. Es el central, está jugando hoy por casualidad» le dijeron. Esa misma tarde llamó a su hermano a Londres: «Creo que tengo un portero para ti»...

Y así fue como Sam Bartram, el hombre que defendería la portería del Charlton 623 veces (se habría acercado a mil partidos si la Segunda Guerra Mundial no se hubiese cruzado en su camino y le hubiese tenido casi seis años convertido en intructor físico de los pilotos de la RAF) llegó en 1934 al fútbol profesional.

Efectivamente Angus Seed tenía buen olfato. Con la ayuda de los técnicos de los addicks –los bacalaos, el sobrenombre que reciben los del Charlton porque en los primeros años de vida del club las victorias se celebraban en el restaurante de un aficionado que siempre les servía bacalao– su evolución fue constante aunque en los primeros meses hubo momentos en que no se descartó enviarle de vuelta a la mina. Comenzó jugando con lo reservas, encajó goleadas importantes, pero Jimmy Seed dijo que le concederían un par de meses más y que después tomarían una decisión. No hizo falta esperar tanto. Pocas semanas después, en diciembre de 1934, le dio la alternativa en el primer equipo en la derrota por 2-0 ante el Watford. Pero ya no se movería de la portería hasta 1956, el año de su retiro. Bartram se convirtió en uno de los responsables de que dos años después, en 1936, el equipo consiguiese al fin el ansiado ascenso a la máxima categoría. No contentos con eso, en su estreno en Primera, el Charlton finalizó en segunda posición solo superado por el Manchester City por tres puntos, lo que disparó la admiración por Bartram, que había tenido una temporada portentosa.

Desde el principio el compromiso de Bartram con su equipo fue máximo. En 1937 quiso la fortuna que le pusiesen partido de Liga el mismo día que tenía prevista su boda con Helen Richards –una aficionada del Charlton que se empeñó en conocerle desde el primer día que le vio en el campo–. No se lo pensó. Se casó por la mañana y a las dos horas, tras llenar las copas de los invitados y disculparse, estaba en el vestuario de The Valley para medirse al Middlesborough. Tras la victoria por 1-0 abandonó el terreno de juego al trote y regresó a casa a tiempo de terminar la fiesta con su familia y amigos.

Esa misma temporada se produjo otra anécdota de la que él fue protagonista y explicó en su autobiografía. El día de Navidad de 1937 jugaban contra el Chelsea en medio de una impresionante niebla que amenazaba con la suspensión.
El partido se interrumpió en varios momentos porque el árbitro tenía problemas para seguir el juego y muchos aficionados incluso se habían marchado cansados de ver solo una parte del juego. Hacía un frío terrible y esa humedad londinense tenía tiritando a todos los jugadores en el descanso.


Finalmente, el árbitro decidió que se jugase el segundo tiempo y Bartram, maldiciendo la decisión, se fue a su portería. La niebla no dejaba de caer sobre el campo, cada vez más espesa. Jugaban contra sombras. Bartram estuvo un buen rato sin trabajo, solo, en medio de aquel manto que lo cubría todo y que le congelaba los huesos. Daba saltitos y pequeñas carreras para calentarse. Pasaba el tiempo y allí seguía, sin nadie alrededor. De repente, una sombra caminaba hacia él. Se puso en guardia, pero resultó ser un policía que le miraba extrañado: «¿Qué diablos haces aquí? El partido se ha suspendido hace diez minutos».

Bartram llegó al vestuario y se encontró a sus compañeros carcajeándose. «A mí ya me extrañaba que estuviésemos dominando tanto», les dijo para completar la broma.

Bartram aún viviría su gran momento como jugador del Charlton en 1947. El equipo londinense se ganó el derecho a jugar la final de Copa en Wembley que solo un año antes habían perdido con el Derby County en un partido que iba 0-0 en el minuto 85, que acabó con empate a uno y que se resolvió en la prórroga por 4-1.

Doce meses después, otra vez la prórroga resolvió el duelo, pero esta vez sonrió al Charlton. Un gol del escocés Duffy y las paradas de Bartram, que ya tenía 33 años, le dieron al equipo londinense el que aún ahora es el único título de su historia. «Podía haberme retirado ese mismo día porque sabía que nunca sería más feliz», explicó años después.

Pero resistió mucho más tiempo. En 1956 se plantó en el despacho de Seed, que seguía al frente del equipo, y le dijo que preparase su recambio, que había llegado el momento. Pese a sus 42 años jamás le habían insinuado
la necesidad de echarse a un lado para dar paso a otro arquero.

Como si cayese en una depresión, el equipo descendió al año siguiente y se pasó treinta años en
Segunda. A Bartram no le dio tiempo a verlos de nuevo con los grandes. Murió en 1981, cinco años antes de ese ascenso.

Hoy, su figura, mostrando un balón en su inmensa mano derecha, saluda a los aficionados que se acercan a The Valley, su casa.

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