Historias irrepetibles

En el nombre del padre

El piragu?ista norteamericano Bill Havens renunció a estar en los Juegos de París 1924, donde su equipo ganó el oro, por ver nacer a su hijo

15.01.2017 | 11:41
Frank Havens, tras ganar el oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki.

El tiempo le recompensaría años después con el título olímpico logrado por su vástago en la cita de Helsinki 1952

Bill Havens formaba parte del equipo americano de canoa que consiguió la medalla de oro en París en 1924, en el estreno de ese deporte en el calendario olímpico. Conoció la feliz noticia mientras leía la prensa en Arlington, en el estado de Virginia, donde se había quedado junto a su mujer a la espera del nacimiento de su primer hijo.

El suyo había sido un largo e intenso dilema. Llevaba un par de años preparándose para la cita convencido de que el tiempo no le concedería muchas más oportunidades. Ya no era un niño y dando paladas en los lagos no iba a sacar adelante a la familia que pensaba formar. Meses antes del viaje a los Juegos, su mujer le anunció que estaba embarazada. Bill Havens hizo cálculos mentales de inmediato y comprobó que el alumbramiento coincidiría con su estancia en la capital francesa. No había muchas dudas. En aquel tiempo el viaje se hacía en barco, con lo que al desarrollo de la competición había que sumar unas cuantas semanas de ida y vuelta desde Nueva York. Se perdería el nacimiento de su hijo con seguridad.

Durante semanas siguió entrenando aunque la cabeza ya no estaba donde debía. Empezó a confesar a sus compañeros y a su mujer que no tenía clara la decisión y abrió la puerta a la posibilidad de quedarse en Arlington y que el equipo americano echase mano de uno de los suplentes.

Su esposa fue la más beligerante. Tiró del habitual repertorio, le recordó lo mucho que se había esforzado por competir en los Juegos y le insistió en que estaría bien arropada por su familia durante aquellos días. Pero pocas semanas antes de subirse al barco, Bill Havens renunció oficialmente a formar parte del equipo americano consciente de que en aquel momento enterraba para siempre su trayectoria olímpica.

No todo el mundo lo entendió y aunque tuvo que escuchar algún reproche durante los días siguientes, no ofreció el mínimo signo de arrepentimiento. Sus compañeros cumplieron con el pronóstico y ganaron el oro en París. Volvieron a casa a los pocos días y el hijo de los Havens aún no había nacido. A Bill le hubiese dado tiempo a asistir a los dos acontecimientos. Finalmente el 1 de agosto de 1924 sin complicación alguna nació Frank Benjamin Havens.

El pequeño no tardó en contagiarse de las aficiones de su padre. La canoa era una de ellas. Frank crecía fuerte, tenía los brazos largos y eso le permitía ser muy eficiente con la palada. «A ver si vas a ser mejor que yo», solía comentarle su padre entre bromas. Y no se equivocó demasiado. Frank, siempre con el control cercano de Bill,comenzó a progresar y pronto se convirtió en uno de los mejores canoístas de Estados Unidos. Tanto, que la posibilidad de asomarse a unos Juegos Olímpicos empezó a tomar forma. Era un especialista en la prueba de 10.000 metros (que en aquel momento formaba parte del calendario olímpico) porque era donde mejor podría exprimir su enorme resistencia.

Finalmente se clasificó para los Juego de Londres en 1948 donde consiguió tras una extraordinaria carrera la medalla de plata solo superado por el checo Fratisek Capek.

Tras más de una hora dando paladas el oro se le había escapado por apenas treinta segundos.

No desfalleció. Regresó a casa, aumentó el volumen del trabajo y trató de ajustar al máximo los detalles referidos al material. Las palas, cada vez mejor diseñadas y que ya empezaban a buscar esa compleja mezcla entre solidez y ligereza, eran una de sus obsesiones.

Cuatro años después en Helsinki tenía una nueva oportunidad de subirse a lo más alto del podio. Pero en la capital finlandesa se encontró con inesperados problemas. En los primeros entrenamientos, por la dureza de las aguas, se le resquebrajaron dos de las trespalas que había llevado para competir. El equipo local, obsesionadopor arrasar en la disciplina, se había llevado a un carpintero con ellos para solucionar cualquier problema con el material y le ofrecieron la posibilidad de solicitar su ayuda. Pero justo al día siguiente el hombre cayó gravemente enfermo y no pudo atender a Havens, que comenzó a temerse lo peor.

Dos días antes de la prueba la tercera pala se partió, lo que dejó al americano en una situación delicada. La solución se la ofreció un canadiense, Ear «Doc» Whittall, que disponía de una pala de 69 pulgadas que era la que precisaba Havens.

Llevaba impreso su apodo («Doc») y los colores del club de Quebec al que pertenecía. Pero con ella salió a competir y tras una agónica pelea con el húngaro Novak y el checo Jindra (resuelta por apenas siete segundos), Frank Havens consiguió la victoria olímpica. El americano salió del agua y tras recibir las primeras felicitaciones y antes, incluso de subir al podio a escuchar el himno de su país, se fue a una oficina a poner un

telegrama urgente. A su padre. Solo decía: «Vuelvo a casa con la medalla de oro que tú debiste ganar y a la que renunciaste por verme nacer. Gracias».

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